sábado, 22 septiembre 2018, 20:19
Viernes, 22 Julio 2016 14:11

A marcha forzada hacia la Sierra Maestra Destacado

Escrito por  Fernando Sánchez-Amaya
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Fernando Sánchez-Amaya

 

Como quiera que no acabábamos de salir al limpio y el cansancio, la fatiga y lo desnutridos que estábamos pudiera rendirnos, por boca de Fidel Castro se nos ordenó dejásemos lo que no fuera imprescindible y así fue como fuimos abandonando ropa, implementos para comer, frazadas y cuanta cosa no sirviera para el puro combatir.

 

Desde el primer momento, los principales jefes de la Revolución establecieron una severa exigencia por la disciplina.

 

Al cabo de unas tres horas, habíamos avanzado tierra adentro unos 300 ó 400 metros, cuando empezamos a sentir firme bajo la planta de nuestros pies, hierba más abundante y espacios más despejados. Al fin estábamos rebasando el mangle.

 

Fue en esos momentos que sentimos a nuestras espaldas, en dirección a la costa que habíamos dejado atrás, un disparo seguido de otros más. Un guardacostas de la Marina de Guerra divisó la nave varada y le tiraba, buscando se le respondiese al fuego. Enseguida llegó un avión militar y dimos orden al personal de desplegarse y ocultarse en la maleza. Conviene aclarar que ni el guardacostas, ni el avión nunca nos divisaron, menos localizarnos, pero rabiosos por la pifia de no haber podido impedir nuestro arribo a playas de Oriente, ensayaron una batallita, como para quedar bien. Así fue como empezó el bombardeo y ametrallamiento en toda regla, a lo largo y ancho de la zona de desembarco¼ Llegaban a vuelo rasante rociando metralla sobre el manglar —al borde del cual nos encontrábamos— y soltando bombas sobre la línea de la costa.

 

Así estuvieron cerca de media hora, hasta que nosotros aprovechando un largo paréntesis de calma, reagrupamos nuestras unidades, un tanto confundidas después de la salida del manglar. Se recontó rápidamente el personal y notamos la ausencia de Juan Manuel Márquez y ocho compañeros más. Como la consigna era avanzar y llegar a la Sierra en el menor tiempo posible, se ordenó marchar y a paso ligero. Así comenzó a moverse la columna: barbudos, llenos de lodo, extenuados hasta el máximo pero con el fusil fuertemente apretado en nuestras manos. La lección aprendida en los campos de entrenamiento en México nos la sabíamos, no hubo pánico, ni miedo, si acaso nerviosismo, pues para muchos era la primera vez que oímos fuera de la sala de un cine, roncar a los aviones, disparando bombas y metralla.

 

Dadas las precarias condiciones físicas en que nos encontrábamos todos, se veía claro y era evidente que no podíamos llegar muy lejos. No teníamos noción del lugar en donde nos encontrábamos. Por lo pronto no se observaban montañas, en todo lo que la vista muestra y la espesura que nos rodeaba, permitían ver. Pasamos junto a un bohío abandonado y la vanguardia topó con un solitario campesino que a pesar del miedo que tenía, debido a las bombas, se ofreció para sacarnos rápidamente del lugar. Con él de guía se avanzó un largo trecho y ya supimos dónde nos hallábamos.

 

Un pequeño error de cálculo debido, quizás, a factores imponderables, nos había alejado bastante de la zona prevista para el desembarco, ahora nuestro éxito dependería de la rapidez con que llegáramos a la Sierra Maestra y ello constituyó nuestro afán, al cual supeditamos todo lo demás: aseo personal, descanso, etc.

 

El deplorable estado en que nos hallábamos más el hambre y la sed que empezaban a atormentarnos, hizo que al rato de estar en marcha nos tomáramos un descanso, ocultándonos previamente a la sombra de una arboleda. Al fin pudimos ocuparnos de nosotros mismos. Descansamos los pies de las pesadas botas, llenas de lodo, tierra y arena del manglar. Nos quitamos las ropas empapadas todavía del agua de mar y limpiamos nuestras armas de fango y salitre. Por primera vez pude ver la fuerza acampada y contemplarnos recíprocamente. No tendríamos, quizás, una estampa muy guerrera, pero había en todos entusiasmo y una moral revolucionaria altísima.

 

Como ya se ha dicho, éramos, 82 hombres. Pocas veces en Cuba se han expresado —pensé— más mentiras y calumnias sobre las intenciones de alguien que las expresadas contra esos 82 hombres que componíamos la expedición del "Granma" y los combatientes revolucionarios del "26 de Julio". Se nos tildó de mercenarios; con nosotros venían, solo cinco extranjeros voluntarios y para eso no tan extranjeros, pues algunos tenían familia en Cuba. Se nos dijo, aventureros, enemigos de la paz y la familia cubana, y en esa fuerza veníamos hombres de todas las provincias, de la ciudad y del campo, blancos, negros y mestizos; los había de Guanajay, Consolación del Sur, Güines, La Habana, Marianao, Guanabacoa, Matanzas, .Santa Clara, Placetas, Sagua, Cienfuegos, Camagüey, Florida, Santa Cruz del Sur, Santiago de Cuba, Bayamo, Manzanillo, etc. etc., había padres de familia y solteros, los había de todos los oficios y profesionales, estudiantes, plomeros, electricistas, zapateros, comerciantes, médicos, abogados, ex-miembro de las Fuerzas Armadas; algunos de ellos gozaron en la paz de buena posición económica.

 

Con nosotros venían hombres que en el exilio habían logrado alcanzar posiciones bien remuneradas y que todo lo habían dejado una vez, para cumplir con el deber.

 

En horas del mediodía Fidel Castro y algunos compañeros del Estado Mayor, pasaron rápida inspección a los pelotones y se dio la orden de prepararse en diez minutos para proseguir la marcha. El desayuno y el almuerzo habían consistido en pastillas de vitaminas y minerales. La vista se nos iba para los árboles en busca de frutas, inútil búsqueda... nada encontramos que pudiéramos masticar.

 

A partir del momento en que pisamos tierra, nunca dejaron de patrullar los aviones sobre nuestras cabezas, lo cual dificultó un tanto la marcha, pues constantemente teníamos que ocultarnos. Así estuvimos prácticamente siempre, aunque sea dicho de paso, nunca nos vieron; el color verde olivo del uniforme, la espesura por donde nos movíamos, más el camuflaje a base de ramas y hojas de árboles, con que nos cubríamos cabeza y resto del cuerpo hacía más difícil, imposible el distinguirnos.

 

Marchábamos en columna de uno en fondo, manteniendo una distancia de 3 ó 5 metros uno del otro, protegidos por una patrulla de exploración (fuerza del capitán José Smith) 25 ó 30 metros a vanguardia y otra igual (fuerzas del capitán Raúl Castro) a retaguardia.

 

Pronto vimos señales de vida y efectivamente, dimos con unos ranchitos. Estos contactos, los hacía la vanguardia así pues, a nosotros, los de la columna, nos trasmitían el resultado de las conversaciones corriendo la voz. Nos ofrecían cigarros, café, miel de abeja y agua, de más está decir cómo lo recibíamos, como bendición del cielo. Lo más sólido que ingeríamos, fue la miel, que muchos comieron con el panal. A los pocos minutos la mitad del personal estaba mareado y con molestias. La miel en ayunas provoca desagradables efectos. Hubo que suspender la miel. Proseguimos la marcha. A todo cuanto campesino encontramos les ofrecíamos dinero por los servicios o alimentos que nos facilitaban, pero poco podían darnos; la miseria y el hambre campeaban en los campos de Cuba. La única moneda de que disponíamos era moneda mexicana y los guajiros la aceptaban como souvenir.

 

Estuve junto a Fidel en el interrogatorio de uno de ellos, como de 40 años de edad. Se le detuvo, porque fue sorprendido ocultándose entre los árboles y se le condujo a nuestra presencia:

 

—Venga acá compay, ¿cómo usted se llama? Le preguntó Fidel.

—Yo, yo me llamo fulano de tal, para servir a usted.

— ¿En qué trabajas?

—Corto leña señor.

— ¿Cuánto ganas por ese trabajo?

—Muy poco, unos 60 centavos, que no me alcanzan para nada y tengo mujer y cuatro hijos.

 

—Pues mire compay, nosotros estamos luchando para terminar con este estado de cosas, que lo tiene a usted y a todos los de aquí así. Fíjese, llevamos largo rato caminando y no hemos visto una escuela y cientos de chiquillos famélicos viviendo con sus familias en estado casi primitivo, mientras que en la ciudad se enriquecen unos cuantos señores. Queremos que eso termine.

 

—Dios lo quiera "cabo".

—Fidel se sonrió. Entonces se le siguió preguntándo:

—Dígame amigo, ¿usted cree que somos buenos o malos?

—Pues yo creo que son buenos.

¿Usted cree que logremos nuestros propósitos, los que le ha dicho el "cabo"?

—Pues yo creo que sí, ustedes son muchos y están bien "apreparao" (y al decir esto miraba para las ametralladoras).

—¿Cuánto tiempo hace que no ve la "pareja"?

—Uuuh¼ hace como 15 días.

—¿No los ha visto más?

—No.

 

Fidel manda entonces a buscar al Estado Mayor, moneda mexicana, equivalente a cuatro pesos cubanos, para dárselos como compensación, pero no quiere aceptarlos y solo pide un papelito para que otras "parejas" no lo vayan a detener. La última pregunta que se le hace fue:

 

—Dígame, compay, antes de marcharse, ¿tiene usted queja de nosotros, alguien lo ha tratado mal aquí?

—No, señor, ustedes no me han pegado ni maltratado, otras "parejas" sí¼

 

Todos nos miramos. Estaba claro quiénes eran las otras parejas, siendo nosotros los únicos que estábamos en los montes. Se retiró pidiéndole bendiciones a la Virgen del Cobre para nosotros y que nos ayudara.

 

Oscurecía y seguimos la marcha. Esa noche fue sin luna, negra como fueron muchas, tanto que se dio la orden de pegarnos los unos a los otros, con una mano sosteníamos el fusil, con la otra nos agarrábamos de la mochila del que teníamos delante.

 

El silencio era imponente, no fumábamos y casi andábamos en la punta de los pies. Había mucha roca y piedras y los tropezones eran frecuentes. Cuando alguien caía, dada la forma en que marchábamos, siempre se tumbaba al compañero, resultando un ruido de cantimploras y fusiles que si hubiera "escuchas" en los alrededores hubiéramos sido descubiertos. El compañero que marchaba delante de mí, fue uno de los que más sufrió en esas jornadas, sus frecuentes caídas le tenían desgarradas las rodillas. Usaba lentes muy gruesos. Le aconsejé que quitara la bala del directo y usase el fusil como bastón. Este compañero fue otro de los que cayó en el primer combate, se llamaba Humberto Lamotte.

 

Acampamos a la una o una y media de la madrugada. Montamos guardias, que se turnaban cada hora, para evitar se dejaran vencer por la fatiga. En esa jornada, el compañero Luis Crespo que iba de vanguardia, se adelantó tanto que se extravió. Le silbamos y lo llamamos muy quedo, pero fue inútil, no apareció. Siempre dormíamos a medias, con un ojo abierto y otro cerrado y el arma presta.

 

Así estábamos aquella noche oscura, todos tendidos unos cerca de los otros. De repente un disparo¼ Quien no ha pasado por esa experiencia tan simple, no se imagina la serie de ideas que pasan por la cabeza en ese instante. No se ve nada en la oscuridad, se siente solo la respiración del que tenemos al lado. Nos volteamos suavemente, hacia el punto por donde se escuchó la detonación. La orden: todos quietos y no disparen si no se ordena... pase lo que pase. Temíamos a una confusión, en la que fuésemos a herirnos nosotros mismos. Pasó largo rato de un silencio desesperante. Mi corazón latía con fuerza y creía ver bultos y sombras por todas partes. No es nada me decía, es mí imaginación. Un ruidito de una ramita seca o una hojita que cae y el compañero que me dice muy quedo:

 

—Oye, Amaya, yo creo que ahí "alante" hay algo.

—No te preocupes, chico, no hay nada. Debe ser un cangrejo y quedaba con eso tranquilo y yo también. La verdad es que yo mismo tenía mis dudas, pero había que hacerlo así.

 

Otra detonación y otra más en el mismo rumbo un poco más a la derecha y el eco del último disparo que se va apagando en los montes. Salió un grupo a explorar y regresó informando no haber visto nada. Pensamos en el compañero extraviado.

 

—Luis Crespo, que quizás estaba tratando de dar su situación tirando al aire o quizás fuese Juan Manuel Márquez y los que perdimos en la madrugada del desembarco.

 

A las cuatro y media o cinco de la madrugada estábamos de nuevo en marcha para aprovechar, lo más posible, los primeros claros del día antes de que empezase el patrullaje aéreo. Cena, la hubo a medias; desayuno, lo de siempre: agua, pastillas de vitaminas, más un poco de azúcar prieta que unos campesinos nos habían obsequiado.

 

Dije en esa ocasión, cena la hubo a medias, veremos por qué. Antes de acampar, cosa que como quedó dicho, hicimos entre una y una y media de la madrugada, íbamos marchando por una especie de vereda, ya hacía rato que había oscurecido y marchaban en esa ocasión de vanguardia, tengo entendido, Luis Crespo y Armando Mestre, entre otros; Luis como ya se dijo se adelantó demasiado y quedó perdido, siguió Armando Mestre de explorador avanzando. Mestre era un joven de color y de grandes condiciones. Estaba incorporado a la lucha desde la época del Moncada y tenía muy definidas y arraigadas sus convicciones, así lo pude apreciar desde los días de Veracruz, en que fue designado, por su ponderación, jefe de la zona, en sustitución de "El Muza" (Félix Elmuza). Armando Mestre, en esta ocasión, en Cuba, marchaba sin ropas de la cintura para arriba y debido a la tez oscura de su piel era punto menos que imposible distinguirlo. Portaba una ametralladora Thompson. Su aspecto era imponente. Pues bien, de marcha por la vereda, en una dobladita, se tropieza de buenas a primeras con un horno de carbón alrededor del cual se movían varios campesinos. Distinguir esos guajiros a Mestre en la forma antes descrita y habérseles aparecido el diablo en persona, fue una y la misma cosa, se espantaron de tal manera, que no hubo forma de lograr que regresaran, pese a los gritos de Mestre, diciéndoles:

 

—"No hay problema, caballeros, vengan para acá"¼ !

 

Junto al horno había una "vara de tierra" y allí encontramos varias ruedas de cigarros, arroz, frijoles, con tal hallazgo, se lucieron los compañeros de la intendencia, Pablo Díaz y demás, asistidos por Miguel Cabañas. Improvisaron un arroz con frijoles en menos tiempo de lo que se tarda en decirlo y enseguida comenzó el desfile por la "cocina", de los pelotones, por riguroso turno. Hicieron maravillas para que alcanzara para los 82 hombres, por eso dije¼ cena la hubo, a medias.

 

Los próximos días fueron discurriendo lentamente sin mayor novedad. Se hicieron rutinarios los movimientos de despliegue y formación. Los aviones a veces volaban tan bajo, que pasaban rozando las copas de los árboles y podíamos hasta distinguir los aviadores. Si hubiésemos tenido órdenes de tirarles creo que nos hubiésemos anotado algunos blancos. El constante patrullaje aéreo ya nos era familiar a pesar de lo cual siempre algún compañero le guardaba un saludable respeto. Ejemplo de ello lo era el compañero Cabrera.

 

Cabrera marchaba casi siempre inmediatamente detrás de mí, era un muchacho joven y muy entusiasta, pero le tenía aversión a los aviones. Pese a todos los consejos e indicaciones que se le daban, en el sentido de que no corriera y tomara las cosas sin precipitación llegado el momento lo olvidaba todo y corría a toda la velocidad que le daban sus piernas hacia los árboles, al borde de los trillos o caminos.

 

Cuando los de mi escuadra llegábamos, allí estaba él fatigado y lleno de desgarrones y escoriaciones, mirando al cielo. Me daba pena cuando lo veía así y a veces risa.

 

En una ocasión en que los aviones insistían sobre nosotros y la parada en la marcha se hizo más larga, recuerdo que nos pusimos a hablar en un tono natural y como si nada hubiera sobre nosotros, aquello desesperó a Cabrera, quien a pesar de estar a mis órdenes me mandó a callar, estaba tan nervioso que presumía nos iban a oír. A pesar de esto Cabrera no era cobarde, lo vi portarse muy bien en los días siguientes. Su única fobia eran los aviones.

 

De esos días recuerdo también un hecho que me impresionó muy vivamente. Estando de vivac (guardia) un día, se me acercó una niñita como de unos 4 ó 5 años para mostrarme un plomo de ametralladora calibre 50. Ella y su papá, que la acompañaba, nos contaron, de los apuros de la mamá cuando los aviones se tiraban sobre los ranchitos, barriendo el lugar con las ametralladoras y las bombas. Nos dijeron también, de cómo sacaban las sábanas y las extendían sobre el campo, para que no siguieran. Inútil, siempre volvían. Tuvieron que ocultarse en los montes. A muchos les mataron sus pocos animalitos y perforando los tanques de almacenar agua, tan escasa en esos lugares. Se trataba de aterrorizar a los escasos guajiros que habitan esos lugares. Oyendo a esos hombres y mujeres no pude menos que acordarme de aquello de que, si en Cuba había insurrección serviría para que el Ejército ensayara sus entrenamientos y capacidad de combate¼ efectivamente, lo estaban cumpliendo; solo que con los infelices campesinos como conejillos de indias. Que nos ocurriera a nosotros, nada objetaríamos, era la guerra, pero a ellos, eso tiene otro nombre. En Cuba: asesinato. En guerras internacionales: genocidio.

 

EN VíSPERAS DE "LA ALEGRíA DE PíO"

 

Estamos en la madrugada del día 5 de diciembre y como siempre, levantamos campamento a las cuatro y media, esta vez instalado en un campo de caña. Un día o dos antes, hemos disfrutado del placer de ver de nuevo con nosotros a Luis Crespo, a Juan Manuel Márquez y a los ocho compañeros que lo acompañaban. Juan Manuel, según nos dijo, había quedado rezagado en la madrugada del desembarco y Luis Crespo perdido en la ocasión que dije, fue a dar al mismo bohío donde un campesino tenía a los primeros. A marcha forzada y por atajos dicho guajiro, pariente de Crescencio Pérez, del cual habría que hablar más tarde, nos lo incorporó. Fue aquel, por excepción, un gran momento.

 

No voy a seguir adelante, sin destacar una anécdota de aquellas horas que dice del espíritu de confraternidad que imperaba en la fuerza y que no reñía con la disciplina. Precisamente, esa noche me correspondió hacer de oficial de guardia a mi compañía. Las guardias se rotaban entre los pelotones, cada hora, llevaba y traía a las postas el personal que designaba para cubrir los turnos de vigilancia y protección. En aquellos tiempos la guardia acostumbraba a situarlas unos cincuenta metros más allá del último pelotón de la columna. La columna en marcha tenía una extensión de unas dos o tres cuadras, aproximadamente.

 

Ochenta y dos cubanos dentro de un cañaveral, resultaba cosa inevitable que picáramos y comiésemos caña. Inevitable también el chiste y la broma. Era una noche clara y a pesar de las constantes llamadas al silencio, siempre alguien conversaba y se oían las voces y el ruido del campo de caña. Muy cerca de donde yo me encontraba con el personal de mi pelotón se encontraba Raúl Castro y algo más adelante Fidel y algunos oficiales. Ya dije que en repetidas ocasiones se ordenó hacer silencio, pero en el grupo donde me encontraba se hablaba y en verdad un poco alto. De repente se nos planta Fidel delante, nosotros a la orilla del cañaveral y él en la guardarraya:

 

—Esto es un relajo¼ ¿quién está hablando ahí? Gritó molesto. Respuesta: Silencio absoluto¼

—¿Diga su nombre el que ha estado hablando ahí?

Volvió a preguntar. Nadie decía nada... una pausa y de nuevo.

—¿Quién manda este pelotón?

—Yo...

—¿Quién es yo?

 

Se oyó entonces una voz¼ Era Raúl Castro.

 

E inmediatamente la orden tajante.

 

—Queda destituido, que asuma el mando el segundo oficial.

 

Este diálogo se oyó en todo el campo de caña y produjo un efecto sorprendente, nadie más habló. Parecerá duro pero es la disciplina, tiene que ser así y nosotros habíamos dejado de ser civiles para ser soldados y había que adaptarse o pereceríamos por irresponsables. Al poco rato, se presentó al Estado Mayor el capitán Juan Almeida, interesando se dejase sin efecto la destitución del capitán Castro y se formase causa a él, pues en realidad el oficial del pelotón en el cual se estaba conversando era de él. Todo terminó, con una amonestación y las cosas siguieron normalmente.

 

Las siete de la mañana de aquel 5 de diciembre de 1956 nos encontraron bordeando unos campos de caña sembrados en un lugar conocido por la "Alegría de Pío". ¡Qué irónico nos iba a resultar más tarde el nombrecito!

 

Publicado
http://www.granma.cu/granmad/secciones/50_granma-80_fidel/la_travesia3.html

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