sábado, 23 junio 2018, 13:58
Viernes, 22 Julio 2016 13:20

Cuando el Granma surcó por la Historia Destacado

Escrito por  PEDRO A. GARCÍA
Valora este artículo
(0 votos)

 

POR: PEDRO A. GARCÍA


La tiranía batistiana había cerrado todas las puertas a las vías pacíficas. Se imponía la solución del 68 y el 95. Desde su exilio forzoso, Fidel publicó el Manifiesto #1 del Movimiento 26 de Julio en donde hacía "un llamado sin ambages a la Revolución y un ataque frontal a la camarilla que pisotea el honor de la nación"


Al igual que Martí, el Jefe de los moncadistas hizo un recorrido por EE.UU. para unir a la emigración revolucionaria y estructurar una base de recaudación de fondos para la Guerra Necesaria. Lo recolectado en el país norteño sumado a las contribuciones del M–26–7 en la Isla cubrieron los gastos indispensables para iniciar en México la preparación de los futuros guerrilleros.


En el mitin efectuado en Palm Garden, Nueva York, Fidel lanzaría un compromiso de honor: "En 1956 seremos libres o seremos mártires. Esta lucha comenzó para nosotros el 10 de marzo, dura ya casi cuatro años y terminará con el último día de la dictadura o el último día nuestro".


EL ENTRENAMIENTO


Una gran avanzada de los futuros expedicionarios se trasladó a México en el primer semestre de 1956. La casa de María Antonia González, una cubana radicada allí, devino punto de contacto para todos los recién llegados.


El Movimiento quedó encargado de sufragar los gastos de los combatientes. Cada uno recibía una modesta asignación semanal para gastos personales. El grueso de los fondos estaba destinado para la compra de armas. Algunos futuros guerrilleros obtenían algún ingreso por vía familiar o de amigos. Los que disponían de tal ayuda, la compartían generalmente con los demás.


Los entrenamientos comenzaron con grandes caminatas, ascensos a los cerros cercanos, a veces con carga en la espalda, y sesiones de remo. Las prácticas para familiarizarse con armas de fuego se realizaban en el campo de tiro Los Gamitos, en las afueras de Ciudad México. Los entrenamientos se complementaban con clases teóricas sobre táctica guerrillera, impartidas por el coronel Alberto Bayo, veterano de la Guerra Civil Española.


Dentro de cada una de las casas–campamentos donde se albergaban los combatientes, existían pequeñas bibliotecas con obras de cultura general y temáticas militares y revolucionarias. Estaba orientado que los ratos de ocio se dedicaran al estudio y la lectura.


SOLIDARIDAD MEXICANA


Un mexicano, Arsacio Venegas, les organizó actividades de preparación física. Recuerda Almeida: "Nos enseña defensa personal, él es un instructor mexicano, que también es editor, impresor, (...) tiene una imprenta donde se imprimieron el Manifiesto #1 (del M–26–7) y otros documentos. Al principio nos acompañaba a grandes caminatas", añade.
Donde se evidenció el alto grado de la solidaridad mexicana con los revolucionarios fue durante los sucesos de junio de 1956. La embajada batistiana en México planeaba desde 1955 la eliminación física de Fidel y contrató a más de un matón con ese propósito.


Según ha relatado el periodista y escritor mexicano Paco Ignacio Taibo, "el 20 de junio del 56, las presiones de la Embajada y sus aproximaciones para corromper a la policía mexicana dan resultado. Ese día se pone en marcha la maquinaria que opera además de con sus propios informes, con la información que le suministran los espías e infiltrados batistianos".


Esa noche, unos policías detuvieron a Fidel, Ramiro Valdés y Universo Sánchez. En los siguientes días, la lista ascendió a 28 arrestados. Los uniformados confiscaron armas, documentos y pertenencias de los revolucionarios.


"Mucho dinero debe haber movido la embajada cubana" —prosigue Taibo—, "y a niveles más que altos en el aparato de Gobernación, buscando que los agentes de la Dirección Federal de Seguridad desmontaran la red de futuros invasores, detuvieran a Fidel y a otros cuadros del 26 de Julio, los entregaran a Migración y esta dependencia los deportara a Cuba".
El pueblo mexicano no abandonó a los revolucionarios cubanos. Por intermedio de la familia Guzmán Gutiérrez, dos abogados asumieron la representación de los futuros guerrilleros. El juez Lavalle no aceptó presiones y concedió la suspensión de la detención a fin de que los cubanos no fueran deportados a su país.

Amigos mexicanos acudieron al general Lázaro Cárdenas, ex presidente de la nación hermana. El veterano revolucionario hizo gestiones con el entonces Presidente de México, con resultados positivos. A finales de julio, casi todos los arrestados fueron puestos en libertad, excepto Calixto García y el Che. Fidel se comprometió con los dos compañeros a no iniciar la expedición sin ellos.

Tres semanas después, Calixto y Che fueron liberados. Por aquellos días, Fidel tuvo una entrevista personal con el general Cárdenas en la casa de Luis Sánchez Gómez, el jefe de los ayudantes del ex presidente.


Para evitar nuevas ocupaciones de armas, los revolucionarios cubanos adoptaron urgentes medidas de seguridad. Otra vez resalta la solidaridad: se trasladaron armas a casa de una mexicana, Silvia Niño García–Cano, quien las conservó hasta la salida de la expedición; otra mexicana, Alfonsina González, también trabajó con sus familiares en el acarreo de armas a lugares seguros.

La mayor parte de ese armamento se pudo adquirir mediante Antonio del Conde, "el Cuate", quien tenía una armería en Revillagigedo 47, Ciudad México. Con el trato constante, el armero mexicano fue conociendo mejor a Fidel y sus compañeros, se fue identificando con ellos y su causa; de suministrador de armas devino colaborador invaluable.
Mientras andaba en busca de un lugar adecuado para probar las armas, Fidel se encontró en las márgenes del río Tuxpan un yate blanco, de madera, con una sola cubierta sin mástil, proa inclinada y popa recta. "Si usted me arregla ese barco, en ese nos vamos a Cuba", le dijo al Cuate. Este se encargó de ello, incluso de registrarlo a su nombre en la Secretaría de Marina.


HACIA CUBA


La noche del 24 al 25 de noviembre, Fidel y sus compañeros partieron, a bordo del yate de madera, desde el puerto de Tuxpan hacia Cuba. Varios telegramas anunciando su salida se les cursaron a la Dirección del M–26–7 en la Isla, al Directorio Revolucionario y a los auténticos, en EE.UU.

Al recibir el telegrama, Frank País decidió efectuar el levantamiento previsto para apoyar el desembarco de la expedición al quinto día de su partida, cálculo de tiempo estimado como su llegada a Cuba. El 30 de noviembre de 1956, Santiago de Cuba se vistió de verde olivo y sus jóvenes escribieron páginas heroicas en sus calles. Pero el Granma aún navegaba en el Mar Caribe.


Al amanecer del 2 de diciembre, se produjo el desembarco por Las Coloradas, cerca de Niquero. La tiranía, en alarma de combate desde la sublevación santiaguera, había reforzado sus efectivos en Oriente. Tres días después, se produjo la sorpresa de Alegría de Pío y la dispersión de los expedicionarios.


Solo 21 de ellos se reagruparon junto a Fidel, semanas más tarde, gracias a la red de campesinos organizada por Celia Sánchez y Crescencio Pérez. Y en los días finales de 1956, el pequeño destacamento, reforzado con algunos pobladores de la zona, emprendió la marcha hacia la Sierra Maestra. Comenzaba así la última etapa de nuestra Guerra de Liberación.

Publicado el 2 de diciembre del 2000
Tomado de: http://www.granma.cu/granmad/secciones/26-julio-2011/del-moncada/articulo-22.h

Visto 1716 veces

Escribir un comentario

Código de seguridad
Refescar