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Miércoles, 27 Abril 2016 09:50

Dulce María: la hija del General, la dueña del jardín

Escrito por  Liz Martínez Vivero/Especial para CubaSí
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En su segundo año de vida, el siglo XX empezaba a dar sus primeros pasos. Justo en diciembre de 1902, aciago calendario también debido a la Enmienda Platt, nacía la hija de un General.

 

En su segundo año de vida, el siglo XX empezaba a dar sus primeros pasos. Justo en diciembre de 1902, aciago calendario también debido a la Enmienda Platt, nacía la hija de un General. De él heredó la pasión por los versos y el amor por el suelo cubano.

 

A pesar de que ella y sus hermanos Enrique, Flor y Carlos Manuel no realizaron estudios junto a otros niños y niñas de su edad en algún plantel educacional, todos se abrieron al conocimiento con varios preceptores que venían a la casa para impartir lecciones, bajo la cercana mirada de la madre.

 

Desde muy temprano, Dulce María sintió una gran atracción por la literatura y a los 17 años salió a la luz una de sus primeras obras, “El poema a Cristo”.

 

De su fecunda pluma también nos quedaron importantes títulos, como la novela lírica “Jardín”, a la que dedicó siete años de su vida, por su creciente búsqueda de la perfección y también los poemarios: “Finas Redes”, “Poemas sin nombre”, “Un verano en Tenerife” y “Melancolía de otoño”. También fue amplísima su publicación de crónicas semanales, escritas durante la década de los años 50, para los diarios habaneros Excelsior y El País.

 

Dulce se vinculó a importantes figuras de las letras de la talla de Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Rafael Marquina y Carmen Conde, entre otras. Acoge en su casa, en las llamadas "juevinas" (las más afamadas tertulias literarias cubanas desde las organizadas en el siglo XIX por Domingo del Monte) a Emilio Ballagas, Gonzalo Aróstegui, María Villar Buceta, Angélica Busquet y otros intelectuales de la Isla. Toda esta etapa, que pudiéramos llamar de formación, se extiende hasta los años cuarenta y es narrada de manera inigualable en una sui géneris memoria, titulada Fe de vida, que la autora dedica a su segundo esposo, Pablo Álvarez de Cañas, periodista canario radicado en Cuba.

 

Dulce María Loynaz es considerada una de las cinco musas de América, que junto a Gabriela Mistral, Delmira Agustini, Alfonsina Storni y Juana de Ibarbouru llevan la ruptura temporal en un lenguaje virgen y cerrado como una isla creada por la hija del General.

 

En la recta final de su existencia, el 5 de noviembre de 1992, a Dulce María Loynaz le fue otorgado el Premio Miguel de Cervantes, considerado el más importante de las letras hispanas y ese mismo año, durante el Tercer Congreso de Mujeres del Caribe, efectuado en Curazao, también fue seleccionada como la poetisa más distinguida del siglo XX dentro de nuestra área geográfica.

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