lunes, 16 septiembre 2019, 04:07
Miércoles, 13 Abril 2016 04:23

Omar Felipe Mauri: Me falta mucho por crear

Escrito por  Liz Martínez Vivero/Especial para CubaSí
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Me seduce todavía el proceso de la creación más que la publicación en sí misma, cuenta el multipremiado escritor Omar Felipe Mauri, actual presidente de la UNEAC en la provincia de Mayabeque.

 

Bejucal no únicamente pasará a la posteridad por aquel 19 de noviembre de 1837 cuando quedó oficialmente inaugurado allí el primer tramo ferrocarrilero. Si bien desde ese instante comenzaban en el terruño las giras de las compañías teatrales y musicales tanto cubanas como extranjeras lo cierto es que los pueblos, todos en su conjunto, trascienden por la gloria de sus hijos.

 

Recuerdo que nací en un barrio muy humilde, donde muy pocas casas tenían libros: alguna Bohemia u otra revista muy vieja; alguien que tenía una Biblia pero en realidad era un barrio de profunda extracción humilde. De ese lugar salían las congas, cada fin de semana había un toque, un guaguancó en alguna esquina y muchos músicos. Ante todo, eran personas de carácter criollo, revolucionarios y patriotas que fueron ayudándome sin saberlo a formarme como individuo.

 

¿Cuál es el primer libro que cae en sus manos?

 

Cuando triunfó la Revolución comenzó a crear bibliotecas; de repente empezaron a llover libros. No sabía que existía un mueble que se llamaba librero y menos que existiera una casa para ellos que se denominara biblioteca o librería. Hasta entonces los libros se vendían en las quincallas, entre medias, papalotes y colores. Entonces uno compraba un libro a 40 centavos o 25 y luego podías cambiarlo por otro de esa misma colección. Con 25 centavos leí muchas cosas, La Edad de Oro entre los primeros y también los clásicos franceses: Víctor Hugo, Alejandro Dumas, Emilio Salgari, Julio Verne. Incluso me bebí textos no especialmente para niños como El Quijote. Tenía 10 años,  no entendí nada por supuesto, pero si descubrí que aquel libro era una puerta a nuevos universos.

 

¿Recuerda cuándo supo que quería ser escritor?

 

A medida que uno va leyendo pienso que va imaginando lo que viven los demás y se percata de que queda cimentado en su memoria, hasta los 12 o 13 años. Yo recuerdo que el cine también era una fiesta. Iban de pueblo en pueblo, de barrio en barrio como los vendedores de las carretillas, vendiendo aquellos mundos de ensueño donde las imágenes cobraban movimiento. Veíamos a Chaplin, al gordo y al flaco, sin sospechar que eran clásicos. Luego supimos que era buen cine. De algún modo eso repercute en la formación individual, ahí uno se da cuenta que también puede construir una historia. Seriamente empiezo a escribir a los 15 o 16 años, coincidiendo con la carrera pedagógica por la que opto en la especialidad de Español y Literatura. Por la tarde recibíamos clase y en la mañana nos convertíamos en los maestros.

 

La primera publicación

 

Fue en el año 1983, Un patio así era un libro dedicado a los niños aunque yo no comencé escribiendo para ellos. Escribía poesía, cuentos. En el año 80, Carlos Díaz, que trabajaba en la casa de la cultura de Bejucal le encantó un cuento que publiqué en la revista Alma Máter, órgano de la FEU. Carlos, actual director del grupo de teatro El Público, lo representó. Aquel fue probablemente el germen de mi pasión por escribir para los niños. Pienso que la literatura infantil tiene la facultad de formar el futuro, de quedar como una huella indeleble más fuerte que ningún otro texto que tenga el ser humano a lo largo de su vida. Los niños conocen sus cuentos antes de saber leer. Son cuentos que pasan de generación a generación con muy poca variación y son espectaculares, extraordinarios en su legado.

 

Usted es un escritor muy premiado

 

La gente piensa bien de los premios pero ellos son en realidad un compromiso, ante todo con uno mismo. Es la insatisfacción de haberlo podido hacer mejor, es la ocasión de poder colocar en imprenta, en una editorial un libro pero no es nada más que eso. No hay mérito en ello sino una obligación, un compromiso personal para seguir esforzándome.

 

Coménteme de su trabajo en la UNEAC

 

Era el año 1987, éramos muy jóvenes pero con la voluntad de convertir a la UNEAC en una organización de todo el país. Entonces estaba representada en pocas provincias. Había crecido el movimiento intelectual, los miembros de muchos lugares tenían que viajar a la capital por no poseer una filial. Existía un fuente movimiento literario y artístico en general en la antigua Habana, varias generaciones confluían. Pertenecíamos a la AHS cuando aquello. Presentamos el ingreso. Cuando se constituyó en la entonces provincia Habana, el primer director fue Norberto Godinez, actual director de La Gaceta. Después fue el historiador Francisco Pérez Guzmán. Le siguió un pequeño periodo donde un músico, Hugo Barreiro, presidió la UNEAC aquí y entonces yo, el responsable de la filial de literatura resulté electo presidente de la UNEAC. Empezamos a fortalecer la UNEAC para que se pareciera a la realidad de la antigua Habana, nuestra misión desde los comienzos.

 

¿Cuál es su criterio sobre los jóvenes escritores?

 

Percibo una nueva generación que se ha creado nuevos espacios dentro del pensamiento, la creación. Los aprecio con mucha energía, bien formados. Y soy optimista para con su futuro.

 

A estas alturas ¿qué camino recorre Omar Felipe Mauri, aquel intrépido niño lector?

 

Me faltan muchas cosas por aprender, estudiar más. Me falta el tiempo para aprender música, arquitectura, algunos elementos de esas cosas que quisiera aprender con mayor certidumbre. Falta mucho por crear. Tengo muchas ideas en mi cabeza, algunas casi a punto de concretarse. Estoy escribiendo cosas para el cine, para el ICAIC, el 26 de marzo en el Chaplin se estrenan las curiosidades de la historia de Cuba: la primera vez que se vendió hielo en Cuba, la primera secretaria, hechos más conocidos y otros no tanto. Soy el orgulloso guionista de esas historias.

 

Antes de culminar mi diálogo con este escritor que ha publicado más de 50 veces con diferentes editoriales, me explica que aunque han pasado los años algo no ha muerto dentro de él.

 

Hay una sensación que no me abandona cuando entro a una biblioteca, tantas cosas que no conozco, se experimenta algo tan especial al rodearme de tanto conocimiento. Me llevaría la biblioteca completa por el mero hecho del goce íntimo. Me seduce todavía el proceso de la creación más que la publicación en sí misma, vuelvo a ser muchacho oyendo a mis abuelos campesinos contar la historia de Cuba, cosas increíbles con un poder de encanto que atrapa al más desinteresado. Y es que el conocimiento y la creación llegaron a mí a través de aquellas primeras historias que ellos volvían tan creíbles.

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