sábado, 23 junio 2018, 17:57
Miércoles, 20 Enero 2016 06:21

“Siempre habrá quien se emocione con La Habana” (+ FOTOS)

Escrito por  Yuris Nórido / CubaSí
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Escultor, pintor y fotógrafo, Reinaldo Ortega Sardiñas expone en el Centro de Negocios Miramar una visión idealizada de La Habana y de los viejos carros americanos que por esta ciudad ruedan.

Escultor, pintor y fotógrafo, Reinaldo Ortega Sardiñas expone en el Centro de Negocios Miramar una visión idealizada de La Habana y de los viejos carros americanos que por esta ciudad ruedan. Pero la propuesta no es tan cándida como parece…


En el lobby del edificio Habana del Centro de Negocios Miramar el visitante descubre de repente una ciudad multicolor y vistosa, recreada en fotografías de gran formato. Aquí y allá, uno de los símbolos más recurrentes de La Habana contemporánea: los carros americanos de los años cincuenta, conservados por sus dueños por más de cinco décadas.


Por las calles de la capital ruedan “almendrones” con disímiles estado de conservación (algunos son auténticos “frankesteins”, armados con piezas de mil procedencias), pero esta exposición se ocupa solo de los que parecen nuevos, de los más relucientes, de los que han devenido casi obras de arte.


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El artista y fotógrafo cubano Reinaldo Ortega Sardiñas, quien expone en los edificios Habana y Jerusalén del Centro Negocios Miramar. La muestra se titula "Con derecho al cielo"

 

El fotógrafo se nombra Reinaldo Ortega Sardiñas, y se rebela ante la idea de que esta es una muestra frívola, por más que utilice los referentes de esa Habana “para turistas nostálgicos”, esa Habana estandarizada por cierto mercado. Según el artista, la exposición “Con derecho al cielo” —su tercera expo personal después de dos en el hotel Habana Libre— no es tan cándida como parece a primera vista.


“Y eso que la muestra no es exactamente lo que yo quería ofrecer. Hubo obras que no pude exponer. Todo buen asado tiene que tener pimienta, de lo contrario no tiene buen sabor. A esta selección le falta un poco de pimienta”.


Si la pimienta es un mensaje explícito y directamente cuestionador, está claro que falta. Todos los fotografiados lucen muy felices, la luz es brillante, los carros relucen… parece un lugar ideal; algo que pudiera contrastar con lo que dice el fotógrafo: “A mí me interesa la realidad más inmediata, por dura que parezca”.


—¿De qué realidad estamos hablando? ¿Cómo definir “la realidad”?


—Desde que regresé de España, donde residí por un tiempo, mi trabajo se ha centrado en caracterizar el momento en que vivo. Cuando uno sale y regresa, siempre cae en la comparación, quieras o no. A la vuelta, hubo muchas cosas con las que no estaba dispuesto a lidiar, pero que eran parte de mi presente inmediato. La cuestión era: te integras o pereces. Mi actitud como artista siempre fue la del compromiso, desde el principio al fin.


—Pero, ¿con qué realidad se compromete?


—Hay gente que ha perdido la perspectiva, que ha perdido la fe, que no cree en el mañana… y solo cree en el presente inmediato, en qué comer, en qué vestir… En el plano de la formación de valores, hay prácticas que ya son casi obsoletas. Viendo todo eso, para un artista que también es padre y que pretende criar a dos niños en este país, tienes que entender que no es tan sencillo ser indiferente. La cuestión está en que “la realidad” ahora mismo se hace turbia. Eso es lo que muestro en mi obra.


—¿De qué manera?


—Ahora mismo hay cambios que van a definir cuáles son tus posibilidades para el mañana. Pero nadie asume el papel de profeta, nadie puede pronosticar nada, pero lo cierto es que cada década se va diferenciando de la otra.


“Yo me aferro a que nadie, sea cual sea la posición social que tenga o el nivel cultural que posea, nadie se rehúsa a soñar.  Y nadie va a permitir que tú le digas que en un futuro mediato pudiera ser pobre.


“Yo he tenido la experiencia de haber salido del país. He estado en Latinoamérica y en Europa, y cuando hablo de nuestro presente, no hablo solo desde una reflexión nuestra, sino que también tomo en cuenta a ese extranjero que llega al lobby de un hotel y este lugar le funciona como portal de una realidad que no tiene nada que ver con lo que ha vivido hasta ese momento. Mucha gente viene aquí porque quiere ser testigo de un cambio”.


—Pero, ¿hasta qué punto eso que muestra es testimonio de un cambio?


—Lo es. “Con derecho al cielo” de alguna manera pronostica que esa Habana tan ideal que retrato podría ser para unos pocos privilegiados. Claro, no quiero que parezca un vaticinio muy crudo, prefiero matizar…


—O sea, que esa “edulcoración” de un contexto tiene un trasfondo…


—Por supuesto. Y es muy personal. Cuando yo quise exponer en el Habana Libre presenté un dossier con una obra muy profunda, pero no era para nada una Habana reivindicada, era una Habana que llora y ellos muy claramente me dijeron que no querían una Habana que llorara. Yo dije: perfecto. Pero así y todo yo puedo encontrar gente se conmocione al ver la ciudad.


“Yo en realidad no soy un fotógrafo documentalista, no me dedico precisamente a eso; yo soy un artista de la plástica, y utilizo la fotografía como un recurso más. En este caso, yo aprovecho la frescura, pero me permito construir una imagen.
“De hecho, he visto situaciones, eventos que me han inspirado una fotografía. Pero no me ha gustado el entorno.

Entonces sencillamente he fabricado esa foto con el entorno que me conviene.


“Al principio sí fui inducido a mostrar una Habana resplandeciente. Y comencé por el legado de los años cincuenta de los coches americanos. Pero ese ya es un tema muy manido en Cuba.  La feria ya tiene establecidos unos cánones estéticos de cómo representar un carro, que en tema fotográfico se da por los ángulos, por el tratamiento de color… Así que yo comencé por variar el formato, para que fuera un formato mucho más grande.


“En segundo lugar, aposté por un plano mucho más cerrado, donde ya lo importante no es el coche completo, sino un fragmento del coche; y más aún, qué es lo que sucede en ese coche. Para reflejar el lujo los años cincuenta, traté de que cada herraje estuviese impreso en su tamaño natural, aunque solo pudiera abarcar un cuarto del coche. Ya sea un paño de puerta, o un ventilete, todo de tamaño natural.


“Luego trabajé el color. Yo soy pintor, y muchas de estas fotos están manipuladas previamente en el ordenador y después de impresas, con tinta. Cuando trabajas con una cámara de determinada calidad, los planos se hacen muy homogéneos, muy similares. Pero como pintor, velando ciertas partes, puedes darle más importancia a determinados elementos”.


—Pero esta visualidad —temáticamente hablando— no está muy lejana de esa Habana comercializada hasta el cansancio.


—Claro, esa vieja Habana ya forma parte de lo que asumimos como “comercial”. Y de hecho, a mí también me interesa vender. Pero, ¿qué podía aportar yo que fuera diferente, que me distinguiera como artista? Un fotógrafo se interesa mucho por el soporte, de hecho, se manejan precios en cuanto al formato teniendo en cuenta el papel en que se imprima. A mí eso no me importa. Esas fotos están impresas sobre lona, un material industrial, y a mí me vale.


“Yo, insisto, opto por el gancho visual. Y ahí está. Puedo ofrecer un tamaño grande con un precio bastante asequible.  No tengo prejuicios con el mercado del arte. A veces lo que me choca es que haya gente que quiera comprar un formato más pequeño porque asume que es más barato. Y yo no te vendo la lona, yo te vendo la foto. Si tú dices que no te cabe en tu casa, te la puedo hacer más pequeña, pero tiene el mismo precio.


—Pero, ¿hace la fotografía pensando en un comprador?


—No, para nada. Ya yo pasé esa etapa de la hambruna. Ahora mi intención es permanecer como fotógrafo. Si se vende o no, ya no es lo primordial. Afortunadamente he tenido bastante suerte. En las dos primeras exposiciones pude sacar la inversión y me alcanzó para esta otra. Pero eso no es lo más importante. Me interesa el discurso. E insisto, el discurso no es más duro porque en este lugar no me lo han permitido, porque hay trabajo de sobra.


“Yo no creo que mi razón de ser sea ser contestatario. No se trata de eso. Yo hablo de mi realidad. Lo que tenga que decir, lo digo y se acabó. Ahora, tengo que buscar una manera de decirlo para que sea arte. En ese sentido, sí estoy dispuesto a someterme a cualquier cuestionamiento”.


—De cualquier manera, el arte es polisémico… Cada espectador hará su muy particular lectura, que quizás no tenga que ver con la suya.


—Claro, para eso también estoy preparado.


—Insiste en que ha hecho su obra después que regresó de España…


— Sí, en Cuba. En España yo era un obrero. Un soldador. Soy casado, tengo dos hijos. Y la realidad es allí muy dura, las matemáticas son exactas: dos más dos siempre son cuatro, no puedes meter un número extraño…


—¿Allá no se sentía un artista?


—Sí, claro, me sabía un artista. Pero también era una gente como muchos problemas por serlo. En España hay normas que aquí todavía no tenemos. Aquí, como creador independiente, el Registro del Creador me permite trabajar legalmente en mi casa, allá no puedes ni martillar en tu piso… Hay ciertas normas de convivencia que no son las nuestras. Aquí nuestra idiosincrasia y el contexto te permiten que todavía puedas ser verdaderamente libre como creador.


—Y lo aprovecha


—Obviamente. Yo me tomo muy en serio mi trabajo. En ese sentido, no me interesa ser modesto o mesurado.

 

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Comentarios  

 
#1 Andy 11-10-2016 12:11
Magnífica entrevista hermano te conozco hace años aunque no me debes recordar pero te admiro por tu valentía...
 

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