viernes, 17 agosto 2018, 01:03
Lunes, 21 Diciembre 2015 06:46

De Cuba, su gente: De qué sirve contemplar las olas

Escrito por  Diana Castaños, especial para CubaSí
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Su nombre era Ru y era bella como mi madre. Piel tersa; blanca y cuidada. Daba gusto verla. Con su vestido de Yumari González y sus piernas de ciclista. La prima Ru de las fotografías.

Pero nosotras la sabíamos enferma de un mal que no se iría. Sus piernas amontonadas bajo las sabanas, los huesos reblandecidos como gusanos. La almohada amarilla, el olor amarillo, los pomos y las cucharas. Su cabeza echada atrás como una dama sedienta. Mi prima, ciclista de ciudad.

 

Decía que vivir era llegar y morir era volver. Decía que el cielo y el infierno solo existen en nuestra mente. Pero a veces no decía nada; porque a veces no podía terminar de hablar: su propia saliva la ahogaba, y los brazos le colgaban, fatuos, a ambos lados de la cama.

 

Si estaba de buen humor, tenía conversaciones inconexas. En aquel tiempo no la entendía, y ahora trato de buscarle el sentido:

 

-¿De qué sirve contemplar las olas, si lo que deseamos es encontrar la preciosa perla? –me decía a cuentagotas, como quien revela algo trivial. Luego, muy seria, me pedía que contara las manchitas blancas de mis uñas, para así saber cuántos muchachos pensaban en mí.

 

Era difícil imaginar sus piernas alguna vez fuertes, los huesos duros dividiendo el aire, pedaleos limpios y precisos, no doblados y arrugados como los de un bebé, no ahogándose bajo la luz, flatulenta, amarilla.

 

El día que jugamos el juego no sabíamos; no podíamos adivinar. Con nuestras cabezas echadas para atrás, nuestros brazos flojos e inútiles, colgantes como de muertas, nos hicimos las moribundas. Reímos como ella reía. Hablamos como ella hablaba, del modo en que los ciegos hablan con la cabeza ladeada y los ojos pegados. Imitamos la forma en que teníamos que levantarle la cabeza para que pudiera tomar agua, sorberla lentamente de un jarrito maltrecho.

 

No supimos. Había estado muriéndose por tanto tiempo que lo olvidamos. Nos dejó de parecer inminente. No lo creímos. Pensamos que había nacido así y que viviría así para siempre.

 

Me pidió, muy bajito, que le leyera mis poemas. Le dije que otro día. No me respondió.

 

Tal vez quería escucharlos por última vez. Tal vez era su despedida, su manera de decirme que, finalmente, después de tantos años, presentía el final. Que le leyera un último poema y ya después podría descansar de lavar platos, fregar sábanas y cambiar el orinal. Un último poema, una última vez, y podría volver a ser niña, volver a poder rezongar bajo de la cúspide del cielo en vez de limpiar escupitajos virulentos y lavar y planchar sábanas y ayudar al esposo, que ya no lo era.

 

No insistió. Quizás le dio vergüenza. Quizás no tenía fuerzas.

 

Y entonces murió, mi prima que escuchaba mis poemas.

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Bertica se maquilla, coqueta. Se esmera porque siente que se le ha perdido un hombre. No quiere quedarse temblando; no quiere comerse el polvo de su dolor; extraviarse en el llanto de su propia sombra.

Las niñas de Hoyo Perdido usan, invariablemente, unos peinados muy sofisticados, con trenzas entretejidas de su propio pelo en adorno.

El excremento de puerco baja por unas tuberías y mi prima Dania, con una escoba, lo empuja hasta un pozo.

Lili me da un beso en la mejilla para despertarme. Las gélidas luces de la noche la iluminan lo suficiente como para adivinar, por la urgencia y cohesión de sus movimientos, que está despierta hace un rato.

Comentarios  

 
#3 Daniel N 24-08-2016 11:37
Diana...
Acabo de leer todos los artículos que has publicado en esta columnda y he quedado sencillamente embrujado. Por leerte se que has visitado Manicaragua en la provincia Villa Clara,.... acaso te gustaría VOLAR. Me encantaría regalarte esa experiencia en una de tus visitas acá. !!!!Ojalá me respondas!!!!
 
 
#2 Anabel 11-05-2016 22:28
Diana me gusta lo que escribes espero que continues asi.Es muy duro perder a alguien, pero si fue una persona que impactó en nuestra vida siempre la recordaremos.
 
 
#1 thorinoakenshield 22-04-2016 13:54
lo siento, de corazón, yo no tuve oportunidad de ver a mi abuela por última vez. esa culpa estará conmigo para siempre
 

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