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Lunes, 27 Abril 2015 06:00

¿Terco como un mulo?

Escrito por  Vladia Rubio/CubaSí
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No cualquiera puede alistar con éxito un arria de mulos No cualquiera puede alistar con éxito un arria de mulos

Yoel encuentra «muy bonitos los carros pasando, los semáforos, el asunto este de La Habana, pero por nada del mundo vengo a vivir para acá. El que nace para una cosa, de esa debe vivir».

La montaña vino al mar. Yoel González Pínder estaba junto a mi puerta.

Nacido y crecido en lo más intrincado del serrano lomerío de Buey Arriba, en Los Robles, durante su primera visita a La Habana, con 31 años cumplidos, vino a parar justo al lado de mi casa trayendo consigo cada uno de sus avatares como arriero de pura cepa.

 

Bastó verle los brazos musculosos, curtidos por tanto andar el lomerío, apreciar cómo se calaba el sombrero cual protección contra el demonio de la grabadora, para  avizorar cuánto de auténtico y lamentablemente desconocido por muchos, traería el diálogo.

 

Resulta que Yoel, aunque encuentra «muy bonitos los carros pasando, los semáforos, el asunto este de La Habana, por nada del mundo vengo yo a vivir para acá. El que nace para una cosa, de esa debe vivir. Y dejar los mulos para una mudanza así, sería muy difícil, imposible para mí, vaya. Aunque allá arriba sea todo monte y trabajo, también hay otras cosas».

 

Entre las otras cosas está esa inmensidad, esa quietud sin sobresaltos que el montañés no logra enjaular en palabras, pero la dibuja con un port de bras, elevando los brazos por sobre la cabeza al cielo, más elocuente que el de cualquier Odette en El lago de los cisnes.
 
Al preguntarle cómo llegó a ser arriero, no se la piensa dos veces para contestar, sin saber que está armando poesía:

 

«Es que yo sentía pasar los cencerros por la casa, y me fui llevando por el sonido. De ahí me encaminé a ese mundo».

 

Tenía unos ocho o nueve años la primera vez que se subió a un mulo. Fue para ir a buscar, junto con un primito suyo, los mandados de la bodega, que estaba a tres kilómetros. «El mulito aquel se llamaba Artillero; y no, no me daba miedo, yo nunca he tenido miedo, ya me gustaba. Tenía el espíritu ese adentro».

 

Yoel se graduó de técnico en Café y Cacao, y dentro de esa especialidad, había una asignatura que era Tracción animal. «Mediante ella fui aprendiendo, pero yo sabía casi más que el profesor, porque un hermano mío era arriero y con él ya yo había aprendido. Mis ocho hermanos son arrieros, diga usted».

 

El mulo busca su puesto

 

Apenas con los primeros claros anda alistándose para partir entre el lomerío, alumbrándose con un mechón hasta que el sol se enseñorea y rompen a cantar los pajaritos.

 

Pero lo que para cualquier extraño pudiera parecer sencillo al verlo en los acomodos, se asienta sobre siglos de experiencia y sabiduría montuna.

Mientras un mecánico automotriz sabe de pistones, válvulas, platinos, acumuladores, cualquier arriero que se respete es un entendido en aparejos —donde va el café o cualquier mercancía—, jáquimas y avíos —lo que lleva atrás el animal para que el aparejo no se resbale hacia adelante—. También en pecheras, cinchas, tapacetes y lonas, todo lo que lleva el arria, que puede sumar hasta 12 mulitos.

arriero 3Mostrando a la reportera la jáquima, cuyo tejido resulta muchas veces una verdadera obra artesanal.
Foto: Vladia Rubio   
 

 

En el caso del entrevistado, son siete sus animales: La mula guía se llama Niña; la de montería, Estrellita; la de tercio, Muñeca; el cuarto es Moreno; el de contrapié, Corojito; y el de pie, Vena’o. El de monta se llama Bellaco, «ese es el que más trabaja porque yo siempre le ando caminando».


Cada uno puede llevar 150 libras y en total, las cargas que este granmense traslada suman cerca de nueve quintales.

 

Explica que «casi siempre la guía es una hembra porque es más inteligente que el mulo. Para seleccionar a un guía, tú debes escoger al que sale delante cuando abren la puerta de la corraleta, ese es el cabeza. Olvídese, el mulo busca su puesto.

 

«Claro, también depende de las condiciones que le crees. Porque hay que educarlos. A partir de los dos años y medio se empieza, entonces los vas jaquimiando, cabreteando».

 

—¿Que hay con el refrán «Terco como una mula»?

 

—Las mulas son tan tercas como dice el refrán, pero también los mulos. Los hay que tú los voceas y no te hacen caso, no quieren coger el camino.

 

El claxon del arriero

 

Como mismo se hace muy difícil describir el olor de la lluvia o de cualquier otro perfume «de marca», igual sucede al pretender dibujar en una cuartilla el sonido de los cencerros.

 

La única alternativa para apresar de verdad ese tañer dulcísimo es escucharlo allí donde nace. El requisito es pararse en medio de la loma recién amanecida, cerrar los ojos y dejar que el lejano tintinear de metales vaya acomodándosele de apoco en el alma, a la par que el rocío le empapa los zapatos.

arriero 1Arrieros somos y a camino andamos, reza un popular punto guajiro.

 

«Todos los arrieros se categorizan porque sus mulos tengan sus cencerros. El cencerro es bueno cuando tiene un acero-níquel de calidad, se sabe por el sonido. Tiene que ser fino, fino como el canto de un solivio.

 

«Es un pájaro del monte que nosotros le decimos así, y su sonido es parecido al del cernícalo, pero el solivio es un pajarito chiquito, grisecito, que tiene el rabo grande y el pico chiquitico. Vive en el monte, sale cuando está aclarando y rompe a cantar hasta las nueve más o menos, por la tarde no se le oye mucho».

 

Pero los cencerros no se inventaron para ponerle música a la montaña y acompañar el andar solitario del arriero. «Son importantes porque guían mucho al mulo. Cuando van amarrados, nada más se le pone al último el cencerro, que es el más chiquito».

 

Existen cencerros de hasta 10 y 11 pulgadas, explica, pero aunque pesan, el animal se adapta y tanto, «que los hay que sin cencerro los sueltas y no caminan».

 

Los cencerros se abren y se cierran, al decir de los montañeses. Se cierran al colocarle al badajo un capuchón de cuero. «Se abre cuando uno va cargado por un trillo muy estrecho, para si viene otro arriero en sentido contrario, busque un lugar donde acomodar su arria y te dé paso».


Entonces, es como el claxon de un carro, le comento y asiente, pero no muy convencido; pocos claxon ha escuchado en su vida.

 

También para comunicarse con otro arriero de una loma a la de enfrente chasquean el fuete —una especie de látigo—, que usan poco con los mulitos, «pero hay veces que hay que darles cuando están malcria’os y no cogen camino».

 

Aprovecho para preguntarle qué tiene de cierto el dicho de que «donde el mulo se cae, hay que darle el palo». Pero todavía no he terminado la frase y ya empieza a negar con la cabeza:

 

«Eso no es verdad porque hay lugares en la sierra donde el mulo se rueda y uno pasa mucho trabajo para sacarlo, cuando no es que se mata. Los hay que quedan golpeados y tienes que dejarlos hasta 4 o 5 días en la sierra, veterinario mediante, para sacarlos luego».

 

—¿Pero no van todos amarrados y si se cae uno, no se caen todos?

 

—En los lugares intrincados la cuadrilla de mulos anda suelta y va siguiendo al guía, que es el que sabe el camino; así, si se te cae uno, rueda ese solo.

 

—Entonces, van amarrados cuando no hay peligro.

 

—Cuando hay menos, porque en la montaña siempre hay peligro.

 

Permuta a lomo de mulo

 

Yoel acostumbra a transportar loma arriba y abajo viandas, vegetales, café… Pero no es lo único que ha subido a lomos de mulo.

 

Techos de zinc y de fibrocemento también ha trasladado, «y es muy difícil porque el mulo en la curva te choca con los palos cuando el trillo es estrecho». También es complicado cargar colchones de muelles, refiere por experiencia propia, que incluye hasta mudadas completas.

 

«Lo único que no se puede poner en los mulos es el “frío” —refrigerador—, pero todo lo demás, hasta televisores, va ahí, las vasijas, los platos, los adornos…»

 

En una oportunidad, cuenta que un colega suyo tuvo la misión de ayudar a cargar con las pertenencias de una señora que se separaba del marido.

 

Estaba tan apurada por acabar con el trámite, tan geniosa, dice, que le insistió en acabar de poner la mesa arriba del mulo «como sea», y como sea el mulo pegó un brinco y rodó loma abajo, «porque la mesa hay que ponerla siempre con las patas para arriba, y esa iba al revés, con todos los platos y los cubiertos metidos en cajas. Imagínese usted, el divorcio fue más divorcio todavía».

 

Tantos son los riesgos y los saberes que deben llevarse en sangre para andar por el lomerío, que el entrevistado asegura:

 

«Hay hasta quien dice que alistar un arria es como cargar un avión o un barco, de eso yo no sé nada, pero sí puedo asegurar que esto todo el mundo no lo puede hacer, sobre todo si es para la montaña; eso se aprende cayéndose. Y cuando uno se cae, los golpes enseñan».

 

Yoel, arriero bien enseñado, ríe bajito recordando caídas que, pudoroso, se niega a contar. Ya ha contado bastante de su vida, dice, y como poniendo un punto y final, sentencia: «Cargar un arria tiene su ciencia, no crea».

 

*Las imágenes que ilustran este material son fotogramas del documental Arriero, de la corresponsalía TV Buey Arriba, dedicado al protagonista de esta entrevista.

Visto 6177 veces Modificado por última vez en Lunes, 11 Mayo 2015 07:56

Comentarios  

 
#4 Andrés R 28-04-2015 15:38
Mi abuelo fue dueño de un cafetal en el Oro de Guisa y conocí estas personas cuando era pequeño, no existe más sentido de pertenencia que los que sienten estas personas por sus arrias de mulos, con los años han ido desapareciendo pero aún se mantienen en las lomas muchos con las mismas características de sus antepasados. Son dignos de admirar.
 
 
#3 Francisco Rivero 28-04-2015 03:45
Alegria al leer esta entrevista y la sabiduria de este joven,Yoel González Pínder. Como no pensar y recordar los versos simples de José Marti. "El arroyo de la sierra, me complace mas que el mar". Gracias Sra.Vladia Rubio por esta entrevista.
 
 
#2 cayo 27-04-2015 14:51
Vladia, me agrada cuando algún periodista incursiona en lo ancestral de nuestra cultura. A veces se sufre cuando se sabe que la historia de la arquitectura que se estudia en la Universidad parte de lo que trajeron los colonizadores que nunca pudieron extirpar el bohío, el caney, la barbacoa, nuestra aquitectura indigena.
 
 
#1 Arístides 27-04-2015 14:25
¡Muy amena su entrevista, Vladia! No me sorprende la sabiduría de estos hombres de montañas que aprenden, como bien dice su entrevistado, con las “caidas”, o con “los palos” que les da la vida. ¡Qué mayor escuela para hombres que el andar y desandar, subiendo y bajando esos caminos entre montes en valles y montañas! No levantaba aún ni dos cuartas del suelo, cuando conocí a ese invencible animal de trabajo, terco sí, pero más tercos eran los carretoneros que los utilizaban. De eso hace mucho. Tantos años que ni quiero contarlos. El ingenio americano tenía par de carretones con una capacidad de unos tres metros cúbico, par de carretoneros, buenas gentes, eso sí, Andrés y José, llenos de músculos como gladiadores romanos, y una dotación de mulos bien comidos, como de siete cuartas de alzada, que usaban en diferentes tareas de transporte dentro del área del batey. Su principal tarea era la de sacar del central en zafra y llevar a un botadero, toda la ceniza que se extraía de los hornos; y la descarga de la casilla de ferrocarril que nos llegaba todos los miércoles con abastecimientos para el departamento comercial. Pero también hacían, y muy bien por cierto, la recogida de desechos de las alrededor del medio centenar de casas del batey, tan eficientemente, que sería hoy envidia de Comunales. Un día los diligentes y bien cuidados animales -Emeterio los cuidaba en la cuadra junto con varios caballos de monta- desaparecieron y ni supe a dónde fueron a dar. Un camión Ford con motor de seis cilindros y seis ruedas, todo de rojo brillante y de volteo, los dejó cesantes.
 

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