miércoles, 23 enero 2019, 17:32
Lunes, 23 Enero 2012 16:05

La madre de las crisis

Escrito por  Jorge Gómez Barata
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Las elites saben que la única opción para restablecer la paz social en Europa y los EE.UU. es retomar la prosperidad y la bonanza económica, el problema es cómo lograrlo...

Las elites saben que la única opción para restablecer la paz social en Europa y los Estados Unidos es retomar la prosperidad y la bonanza económica, el problema es cómo lograrlo cuando falta consenso para hacer lo necesario.

La frustración generada por la combinación de estancamiento y retroceso económico, las políticas de austeridad, el intervencionismo estatal y el establecimiento de regímenes más o menos autoritarios provoca una ruptura de la cohesión social que confiere a la crisis que afecta a varios países desarrollados una entidad de difícil pronóstico. El empobrecimiento, las reivindicaciones violentas y la tentación a la represión son los mayores peligros.

Para lidiar con una situación de la naturaleza y la escala de la crisis que padecen la mayoría de los países de la zona euro y algunos exsocialistas, se necesita una capacidad para unir que no existe ni es posible restablecer a corto plazo. No se trata solo de la falta de liderazgos solventes, sino también del debilitamiento de la gobernanza, fenómenos que comienzan a manifestarse también en los Estados Unidos.

Aunque circunstancialmente factores como el liderazgo o una labor ideológica eficaz en torno a consignas o promesas pueden alterar la regla, la base del consenso social es la economía. Las sociedades prósperas u opulentas y aquellas con oportunidades para las mayorías y en las cuales se aplican políticas sociales inclusivas y avanzadas suelen ser sociedades razonablemente unidas. Eso explica los ambientes políticos que comienzan a abrirse paso en Argentina y Brasil y que contrastan con las tensiones que viven  países como Chile.
 

El espectacular avance de la Unión Soviética en los años 30 cuando, incluso en las deplorables condiciones del stalinismo, la producción industrial se duplicó en diez años, se explica por un alto grado de metas compartidas, cosa que también fue visible en los Estados Unidos durante la Gran Depresión y la II Guerra Mundial, que permitió a Roosevelt reelegirse en tres oportunidades y permanecer 12 años en la Casa Blanca, y es de alguna manera visible en China donde el estímulo material y las expectativas de progreso económico que anuncian la posibilidad de vivir en una “sociedad socialista moderadamente acomodada” es la motivación que sostiene sus espectaculares ritmos de crecimiento.

En la época actual, cuando transcurre el Tercer Milenio de la Era Cristiana, cuando las sociedades europeo-occidentales se habituaron a vivir en paz, con razonable solvencia económica y bajo regímenes liberales, resulta difícil retroceder para acatar los llamados a apretarse el cinturón y prescindir de un bienestar que aunque lejos de la pobreza tercermundista, reduce los estándares de las sociedades de consumo; al propio tiempo que la permisividad es sustituida por regímenes cada vez más autoritarios y menos democráticos.

Fracturada por la crisis económica que por gravedad se desplaza hacia los ámbitos políticos y sociales, la pérdida de la cohesión social que agrava e incluso puede hacer insoluble la crisis, ha comenzado a manifestarse intensamente en los Estados Unidos, donde el proceso electoral en marcha acentúa las divisiones.

Por factores consustanciales al capitalismo, ante graves tensiones que incluso pueden llegar a amenazar el orden establecido, las elites no deponen sus contradicciones ni desarrollan capacidades de convocatoria que les permitan sumar a las masas a una especie de esfuerzo nacional, habilidad que como se ha evidenciado en España, Grecia e Italia, ha perdido la izquierda europea. En esos países no ha aparecido una figura como la de Perón, ni tampoco alguna como Lula o los Kirchner, capaces de ponerse al frente del país, unirlo y conducirlo.

A las complejidades de la situación global se añade el hecho de que, por razones conocidas, los procesos económicos, políticos o culturales que tienen lugar en Estados Unidos suelen  propagarse con rapidez y fuerza por todo el mundo, principalmente por otras naciones desarrolladas. A sus efectos reales se suma la capacidad de contagio que la movilización de amplios sectores populares en Norteamérica puede alcanzar, incluso con riesgo de convertirse en pandemia.

La sociedad norteamericana, que nunca se ha caracterizado por su accionar colectivo y que probablemente sea la menos igualitaria del planeta, pero que en razón de oportunidades económicas y sociales reales y el reflejo de estos fenómenos en la ideología imperante, era también de las menos divididas, ha comenzado a atomizarse ante el auge de la pobreza y las desigualdades, agravada por la incapacidad de la administración demócrata para aplicar su programa y por la extensión de prácticas neoliberales.

 

Si bien el desfavorable status de cada uno de los factores: económicos, políticos, militares, energéticos, ambientales, sociales, ideológicos y de todo tipo que forman la situación internacional contemporánea es de por sí preocupante, la incidencia del conjunto sobre la cohesión social y la gobernabilidad dan lugar a la madre de todas las crisis. Allá nos vemos.

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