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Lunes, 09 Febrero 2015 23:04

CUENTOS DEL GABO: Mitos, supersticiones y leyendas

Escrito por  Jorge Rivas Rodríguez/ especial para CubaSí
Los abuelos. Los abuelos.

 

“No hay en mis novelas una línea que no esté basada en la realidad…”, aseveró en más de una ocasión el Premio Nobel de Literatura de 1982, Gabriel García Márquez, quien igualmente aseguraba que durante su infancia y primeros años de la adolescencia su abuela materna, Doña Tranquilina Iguarán Cotés, solía contarle fábulas sobre muertos y aparecidos, así como historias relacionadas con la familia, íntima conexión que constituyó la fuente principal del universo mágico-realista, sobrenatural y supersticioso que el más célebre de los escritores de Latinoamérica solía recrear en sus narraciones.


Poco antes de cumplir los dos años de edad, en enero de 1929, los padres de Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez, decidieron mudarse para Barranquilla, y dejaron al pequeño bajo la tutela de sus abuelos maternos, Tranquilina y el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, veterano de La Guerra de los Mil Días, situación que le permitió, desde niño, aprehender cosas relacionadas con la vida de los hombres, entre ellas el miedo, la soledad y las hechicerías. Contadas en un modo tan natural y sencillo por aquella mujer tan “imaginativa y supersticiosa” —al decir del insigne prosista— que también creía en  fantasmas, premoniciones, augurios y signos, esas mágicas ideas fueron moldeando el imaginario estético del gran escritor quien en su célebre novela Cien años de soledad (1967) recrea su figura en el personaje de Ursula.


También el abuelo, a quien el pequeño Gabriel llamaba Papalelo, ejerció gran influencia en él, sobre todo en la formación de su vocación literaria, ya que fue también un excelente narrador y le instruyó el modo de consultar reiteradamente el diccionario, además de que enriquecía el universo onírico del infante mediante sus visitas dominicales al cine y sus encuentros de cada año con el circo que visitaba la pequeña localidad de Aracataca, donde vivían.


El viejo militante liberal, quien falleció cuando el muchacho tenía ocho años de edad, igualmente enriqueció sus fantasías a través de numerosos relatos relacionados con su vida como oficial  y con las guerras civiles del siglo XIX, entre ellos, cuando siendo muy joven, en un duelo a muerte, privó de  la vida a Medrano Pacheco.  Según García Márquez, aquel buen hombre le repetía: “Tú no sabes lo que pesa un muerto”,  aludiendo a aquel penoso suceso que dejó tristes y profundas huellas en el respetado militar y que el escritor posteriormente utilizó en sus novelas.


En sus muchos encuentros hogareños con el astuto niño, Nicolás igualmente le reiteraba algunas otras anécdotas que marcaron su vida, entre ellas las referidas a su firme posición de no callarse y expresar sus juicios críticos en torno al tristemente célebre acontecimiento registrado en la historia de Colombia como la Masacre de las bananeras, en el que murieron cientos de personas a manos de las Fuerzas Armadas de ese país durante una huelga de los trabajadores de ese sector agrícola.


El propio Gabo afirmaba que sus abuelos fueron su principal influencia literaria. Si bien la abuela Tranquilina con su excepcional manera de contar sus historias, sin importarle cuan imposibles y ilusorias fueran,  aludiendo lo insólito como algo absolutamente natural, fue la fuente de la interpretación mágica, supersticiosa y sobrenatural de la realidad, que trasciende en toda la producción literaria del Premio Nobel, el abuelo Nicolás, Papalelo, fue el “cordón umbilical con la historia y la realidad”, como ha expresado el genial autor, acreedor también del Premio Jorge Dimitrov por la Paz (1979).


En la conformación de la vocación del escritor, igualmente hay que señalar sus fuertes lazos con la tía Francisca, mujer sufrida que dejó profundas huellas en él y de la que siempre recordó el hecho de que tejiera su propio sudario antes de poner fin a su existencia.


Asimismo vale apuntar que Doña Tranquilina, quien disponía la vida diaria y futura de la familia mediante mensajes que les llegaban desde el “otro mundo” a través de sus sueños, fue una mujer muy identificada con la lógica de la comunidad amerindia wayúu, a la que García Márquez tuvo la posibilidad de conocer bien durante su infancia en Aracataca. Estos aborígenes colombianos también le narraban historias sobre hechicerías y le hacían creer numerosos ocultismos. Ya de adulto, y hasta el fin de sus días, el afamado periodista y novelista experimentaba ciertas actitudes supersticiosas.


“La casa de Aracataca estaba llena de indios guajiros, no de habitantes del departamento de la Guajira. Eran gente distinta que aportaba un pensamiento y una cultura a esa casa que era de españoles y que los mayores no apreciaban ni creían, pero yo vivía más a nivel de los indios y ellos me contaban historias y me metían supersticiones…", ha dicho el Gabo.


En el segundo capítulo de Vivir para contarla, confiesa que a veces su abuela, para despistarlo, usaba palabras wayúu, pero “la pobre no sabía que yo hablaba mejor el wayúu que ella, porque vivía más cerca de los indios”.


Esas circunstancias en la formación del niño Gabriel, sin dudas tienen mucho que ver con el realismo mágico —o lo que Alejo Carpentier denominó como “real maravilloso”— de toda su creación literaria, sobre todo de Cien años de soledad —la más representativa de este género—, y gracias a la cual alcanzó fama mundial. En una semana se vendieron 8 mil ejemplares; y luego, tras una nueva edición, más de medio millón de libros habían sido arrasados por los lectores, en tres años, en las librerías de todos los continentes. Este título fue traducido a cerca de 30 idiomas y ganó cuatro premios internacionales.


En uno de sus últimos libros, Vivir para contarla, publicado en el año 2002, en el cual García Márquez narra sus memorias en tres volúmenes, reconoce que su carrera como escritor comienza “con la vida de mis abuelos maternos y los amores de mi padre y mi madre a principios del siglo…”


Bien se ha explicado por los estudiosos de la literatura universal que el realismo mágico describe elementos que tienen, como en la obra del Gabo,  la yuxtaposición de la fantasía y el mito con las vida diarias. Tales características se encuentran en el legado de este gran hombre, cuya obra está principalmente recreada en la realidad de Colombia. Él, asimismo, experimentaba creencias muy personales en la hechicería y la superstición, muchas  de ellas heredadas de su abuela materna, como  pensar que daban mala suerte los caracoles, los pavos reales, el frac —rehusó vestirlo cuando le otorgaron el Nobel de Literatura y en su lugar, usó un liquiliqui— y las flores de plástico. Asimismo necesitaba de una flor amarilla en su escritorio para trabajar…


Así fue nuestro Gabo. Continuaremos refiriéndonos a algunos de los pasajes más desconocidos de su brillante existencia.

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Modificado por última vez en Lunes, 02 Marzo 2015 08:42

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