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Sábado, 22 Noviembre 2014 06:44

Día del Farmacéutico Cubano: Medicina de amor

Escrito por  Vladia Rubio
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Al escuchar que este 22 de noviembre conmemoran el Día del Farmacéutico Cubano, en homenaje a Antonio Guiteras Holmes, lo primero que vino a mí, en olorosa vaharada, fue el recuerdo de la farmacia Triolet, en Matanzas.


Adoro las farmacias antiguas y detesto tomar medicamentos.

Al escuchar que este 22 de noviembre conmemoran el Día del Farmacéutico Cubano, en homenaje a Antonio Guiteras Holmes, lo primero que vino a mí, en olorosa vaharada, fue el recuerdo de la farmacia Triolet, en Matanzas, única botica francesa del siglo XIX que se conserva íntegra en el mundo.

Tropecé con ella hace unos siete años, deambulando por las calles de la llamada Atenas de Cuba, y una vez adentro de la edificación de la calle Milanés, quedé entrampada no entre sus olores, sino entre los fantasmas de aquellos. En los anaqueles antiquísimos, de pulimentadas maderas de cedro, caoba, reposaban los igualmente añejos pomos de farmacia, albarelos, aquellos de porcelana de Sévres, decorados a mano.

Ámpulas de suero, pildoreros de bronce, ojos de boticario, engrosan la colección, que incluye entre sus mejores piezas el magnífico dispensario, diseñado por el propio Triolet para guardar los sobre de hierbas medicinales. De sus 32 gavetas parecían brotar los antiguos efluvios a sándalo, albahaca, tilo, azahar, menta, eucalipto. Todos los aromas de la herbolaria cubana luego convertida en alivios para el catarro, la indigestión, analgésicos, sedantes, afrodisiacos, abortivos. Conservaban en 55 tomos más de un millón de fórmulas originales de medicamentos aplicados en el siglo XIX y XX.

Al fondo de la farmacia, abierta al público como museo en abril de 1964, se atisbaban hornos, retortas, alambiques, balanzas… Parecía que en cualquier minuto podía descubrirse la silueta de Aureliano Buendía encorvado sobre la preparación mágica de la que esperaba obtener la piedra filosofal.

No, no voy a hablar aquí de problemas, por ejemplo, de la falta de algunos medicamentos. Ese sería otro trabajo, que seguramente me daría migraña, y ahora no hay duralgina, al menos en las farmacias del Vedado.

Prefiero por eso evocar a la botica francesa, que también encierra historias de amor. La primera esposa del dueño, Justa, se le fue entre las manos de un mal pulmonar casi recién casados. Nada pudo la sapiencia de Triolet, su amado, traducida en emplastos, pócimas y vinos reconstituyentes. Aún faltaba mucho para que Alexander Fleming topara, accidentalmente como ocurrió, con el hongo de la Penicilina.

También prefiero hablar de otros amores igual asociados a la farmacéutica. Conozco de una pareja de ancianos cuyo amor se ha ido alimentando a través de las últimas décadas con el intercambio de medicamentos. Aunque nunca se han casado y viven en municipios diferentes, no falta la semana en que él no la llame a ella por teléfono para anunciarle que le tiene un macito de toronjil de menta para las digestiones; o se aparece con un regalo: Mentolán, para los dolores de la artritis; o llega triunfante con un paquete de bicarbonato, especie casi en extinción en las farmacias que operan en moneda nacional.

Los medicamentos los entrega siempre con una flor, un marpacífico, unos alelíes, siempre flores que recoge a la orilla del camino y que pone en manos de ella con iguales palabras: “…y este, un alivio para el alma”. Es hermoso saber que existe un viejito en esta ciudad que ha conservado un amor tan pertinaz, tan creativo. Porque antes, mucho antes, eran las botellas de vino dulce, algunas salidas a comer, agua de violetas.

Ahora, es el Mentolán junto al marpacífico como una cuerda que pretende seguir amarrándola a la vida, como un eco de voz ya rajada que sigue repitiéndole que la quiere. En este Día del Farmacéutico doy fe de la autenticidad de ese amor, de su empuje de toro malherido, pero renuente a rendirse, porque ella, es mi madre.

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