Basureros en las esquinas en medio de una situación epidemiológica. Salideros de agua cuyo arreglo escapa, súbitamente, de la competencia de las más disímiles instituciones.
Todo ello, en medio de Campañas Antivectoriales y esfuerzos del Ministerio de Salud Pública para fomentar conciencia respecto a la necesidad de vivir en una ciudad limpia. Lamentable y peligrosa esta contaminación, para colmo, no es la única que se genera y se sufre.
Hablo de un asunto recurrente en periódicos y emisoras de radio. Incluso en la televisión fue tema de una Mesa Redonda, y es argumento de un mensaje de bien público: «Dejemos que Mucho Ruido sea solo el nombre de una serie juvenil». Vallas en calles y avenidas lo aclaran: «El ruido también ensucia».
Convirtamos en laticas de refresco los decibeles generados en un día en La Habana. Ni diez tiraderos al mejor estilo de la telenovela Avenida Brasil nos librarían de tantos desechos.
Feliz quien aún puede comenzar su día con el sonido del despertador, ese que otrora los inocentes calificábamos de ruidillo fastidioso, o con alguna melodía agradable en su teléfono celular. A otros, el claxon de un auto lo tira de la cama a las cinco y media de la mañana y lo peor, ni siquiera es con el clásico «pib-piiiiib», ya suele ser todo un concierto barroco, una imitación de los chiflidos tradicionales cubanos. Ni pensar en las alarmas, pruebas para la entereza del sistema nervioso del barrio.
Y así el ruido se multiplica. La música, después de cierto volumen, pierde todo efecto sublime. Basta con llegar a cualquier esquina favorecida con una parada de varias rutas de ómnibus. Siempre hay bocinas —o personas— gritando desde un portal, algún bicitaxi o auto convertidos en fieles voceros del cantante de moda, las clásicas discusiones en las colas, el muchacho con uno de esos aparaticos portátiles que convierten al reguetón en una peligrosa onda expansiva. Por cierto, ¿alguien recuerda los audífonos?
Convivir en una ciudad, y sobre todo, convertirla en un espacio armónico, agradable, pasa por respetar los espacios ajenos. Compartir alegrías no implica subir la música y obligar al otro a memorizar canciones discordantes con sus criterios estéticos.
¿Acaso la confluencia de ruidos no conlleva a más desidia? ¿Puede ser una ciudad ruidosa una ciudad limpia? Disminuir el ruido es una cuestión de educación cívica, significa preocuparse por el entorno, por lograr una convivencia agradable, sin basura física ni acústica. Disfrutar la banda sonora de nuestra ciudad sin quedarnos sordos, caminar por sus calles sin tropezar con basura, mirar su mar sin latas… ¿será mucho pedir?

Comentarios
Apenas se insinuaba la hija de la mañana con sus rosados dedos, el vendedor de panes con su silbato y pregón, quiebra la quietud de la hora prima.
A este le suceden otros con sostenido tono en raudos ciclos, solo superados por las aceradas ruedas del solitario recogedor de basuras, con cansino y trepidante andar sobre el asfalto y ¡ni qué decir de sus colegas que sanean la ciudad en bulliciosa algarabía!
La chispa eléctrica inflama el combustible fósil y el ronroneo del motor, increpado por las convulsas pisadas del pie derecho del chofer sobre el pedal, al fin, alejan al vehículo del vecindario, cediendo vía al furioso que se aproxima.
El halo solar se levanta, sus haces dorados tiñen los multicolores uniformes de las prendas escolares, fundidas a la desenfadada cháchara juvenil, que se hace acompañar de un reguetón tempranero, salido de una minúscula reproductora, secundada por luminiscentes celulares.
Entretanto, furtivos vendedores de tonantes cuerdas vocales, se oyen a distancia, ofreciendo ventanas y puertas de aluminio, pescados, vinagre, dulces, aguacates, ajos, papas…, todo a buen precio; otros, en cambio, se conforman con la compra de relojes rotos y botellas vacías; tales transacciones en el amparo de la trepada acimutal del astro rey.
En las arterias citadinas portentos de la ingeniería automotora intercambian bramidos retumbantes con sus bíblicas trompetas, más que de advertencia y seguridad viales, como amistosos saludos entre colegas; como buenos corredores zagueros, los conductores de guaguas y almendrones, bien pertrechados de altavoces, a pesar de los añosos medios, irradian ondas acústicas de elevados decibeles sobre sus pacientes pasajeros; con ellos compiten, con no menos éxito, la fuerza bruta de equinos y el sudor humano en sendos coches y bicitaxis, confluyendo músculos y estela musical en la faena.
Como si no fuera suficiente en el viandar cotidiano, trabajadores sobre camas de camiones festejan el cumplimiento de planes económicos de sus entidades, en franco remedo de las steel bands jamaicanas, al golpear con frenesí hierro contra hierro; a este improvisado concierto se suma, de vez en vez, el ulular de alarmantes sirenas de apagafuegos en simulacros del oficio, sin interesar la quiebra del reposo de niños, ancianos y enfermos circundantes.
En el núcleo urbano, impresionantes bocinas, útiles pertenecientes a entidades gastronómicas y dependencias sociales, dejan escapar su barritar haciendo caso omiso de la cercanía de círculos infantiles, escuelas y centros de trabajo a aquellas fuentes irradiantes; su mero interés es, parece, contagiar alegría a los caminantes.
¡Ni qué decir de la sacrosanta limpieza sabatina hogareña, donde en conjuro de escobas, colchas y baldes de agua se integran los movimientos corporales femeninos con el ritmo impuesto por los equipos que estremecen el vecindario!
¡Y los que practican el autoempleo en sus hogares que, sin contemplaciones para con los que viven pegados a sus paredes medianeras, fuere la hora que fuere, les endilgan un recital cacofónico cargado de zumbidos, golpes contundentes, aspersiones, ronroneos, chisporroteos!
La gritería elevada a franca competencia entre dolientes y acompañantes, asciende en el entorno lúgubre, punto de espera para el postrer viaje, donde aquellos y estos alcanzan elevadas marcas en la escala fonométrica, cual trinchera acústica contra las ondas provenientes de la concurrida calle.
Solo disminuye su intensidad con la partida de la procesión fúnebre.
En verdadero pandemonio, sin tratarse de fiestas de aquelarre, se torna la llamada del ómnibus que parte con destino a otra localidad; los pasajeros en estampida, empujados por la estentórea voz del altoparlante que los convoca a la puerta, se arrojan sobre el punto de embarque, profiriendo denuestos contra los colados o “autorizados”, cuyo número les sobrecoge.
Con el ocaso, el obligado retorno a casa y, en tanto Apolo se hunde en el poniente, los tímpanos ciudadanos perciben disparidades acústicas generadas en centros recreativos, haciendo “pininos” en espera de la noche, los que en franco desconcierto, compiten en volumen y melodías, cada uno con sus fueros alcohólicos, vulgaridad y mal gusto, detenidos en el tiempo para solaz de sus concurrentes.
Ya en el barrio, los niños y adolescentes exhiben sus habilidades atléticas y vocales en pasatiempos deportivos, emitiendo gritos descompasados y vociferando las destrezas o torpezas de sus participantes.
Luego, el manto de la noche se tiende sobre todos; es entonces cuando se instalan, bajo un poste eléctrico o portal doméstico, las mesas para jugar el dominó, cuyo ejercicio posibilita el crujir de fichas sobre las superficies de aquellas, el estallido enérgico de las mismas como señal de victoria y se hacen oír denuestos, desafíos y obscenidades.
Otros escogen como pasatiempos encender “teatros en casa”, equipos de video o escuchar potpurrí de música de la peor estirpe; tales hobbies tienen como denominador común la alta calidad de manufactura de sus equipos, probados día a día en largas sesiones de trabajo y a elevados rangos sonoros, para contento de sus propietarios.
Dispuesto el huso horario a cruzar de la medianoche al nuevo día, vencidos aquellos y anhelantes los insomnes, de consuno a la espera de la capa que cubre los humanos pensamientos, en su conciliación, escuchan la versión instrumental de El sonido del silencio del dúo norteamericano Simón y Garfunkel, arrobados en sus lechos; de pronto, el perro del vecino comienza a ladrar intempestivamente.
Renato, personaje cervantino en la novela Persiles y Sigismunda, exclama, en franca añoranza:
¡Oh silencio, voz agradable a los oídos, donde llegan sin que la adulación ni la lisonja te acompañen! ¡Oh qué de cosas dijera, señores, en alabanza de la santa soledad y del sabroso silencio!
Entre nosotros, el derecho a gozar de silencio no existe, se extinguió como los dinosaurios.
A cualquier hora del dia y de la madrugada con un pito y el consiguiente pegrón: Paaannn suaaave!!! Un verdadero enjambre que a veces se encuentran en la misma calle.
Este es un tema bastante colcomido , y el cuartico sigue igualito; por lo menos en la ciudad de sta clara los bicitaxis parecen carnavales rodantes por la musica en alta voz: inclusive en areas hospitalarias, pero no hay actuar ni por la policia ni por los inpectores que controlan dicha actividad: y pregunto hay algo que impida que le sean retirado los equipos de musica ;hasta cuando el cuento de la buena pipa con el tema del ruido: