miércoles, 26 septiembre 2018, 03:35
Jueves, 01 Mayo 2014 04:45

¿Por qué marchan los cubanos el 1ro. de Mayo?

Escrito por  Rosa Fernández/Cubasí
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Cuba amaneció engalanada con banderas en los establecimientos públicos y privados, preparada para el desfile de todo un pueblo trabajador.

Cuando tenía siete años, mi padre me despertó un día a las tres de la madrugada. La Habana había amanecido antes eso seguro porque aún entre sueños sentía a la vecina ajetreando ya, pasos en la calle y el sonido de los carros de aquí para allá. Era 1ro. de Mayo.

 

Me vistieron como para una excursión, como si con siete años, a las tres de la madrugada, fuera a emprender la aventura de escalar el Turquino, de subir a la Sierra o de recorrer Cuba toda. Llevaba un pantaloncito de mezclilla, un pullover blanco y una gorra de un color que no recuerdo. En la mochila: merienda y agua, mucha agua.

 

Salimos a la calle y enseguida nos topamos con un montón de gente. Los ómnibus estaban organizados y parqueados uno detrás del otro como nunca; esperándonos, como si el chofer nos conociera y pudiese decir: «¡Cómo han tardado!». Carros tocando el claxon para avanzar y niños entusiasmados, es lo que recuerdo.

 

Llegamos a la Plaza de la Revolución y estuvimos sentados por varias horas en un contén, escuchando canciones de Silvio, altavoces organizando como si fueran acomodadores de un cine inmenso, pregones estrenando su mejor estrategia… y sin darnos cuenta, estábamos inmersos ya en una masa, decidida a marchar.

 

Pronto todo se organizó, dejamos nuestro sitio en el contén de la acera, pues terminando el tema Cuba va, desde algún micrófono, un pionero casi de mi edad, quizás dos años mayor, anunciaba el inicio y nos invitaba a comenzar a caminar.

 

Comenzamos a avanzar con paso lento, me gustaba mantenerme atenta escuchando lo que decían los altavoces y no veía la hora de llegar cerca de Martí, donde Fidel esperaba al pueblo para saludarlo, y por algunos segundos tendría la extraña sensación de que todo eso solo estaba planeado para que lo viera de cerca.

 

Quería ver más y le pedí a mi padre que me cargara. Quizás para imitar a par de niños que había dejado atrás y pidieron lo mismo, quizás porque estaba muy cansada o simplemente porque estaría en primera fila para captar todo.

 

Vi a Fidel, vi a Raúl, se me erizó la piel cuando escuché el Himno, y me sentí reconocida en una organización (la OPJM). Agitaba eufóricamente la banderita de papel que estaba en mis manos y me sentía parte de todo eso.

 

Regresé a la casa con sabor a patriotismo, con ganas de revolucionarlo todo, con ganas de volver a escuchar las canciones de Silvio con mi padre en un contén, con ganas de escuchar el Himno y agitar la bandera y de convertir ese día en una tradición.

 

No pensé cuando marchaba en probar mi asistencia al evento ante la escuela no me importaba tampoco—, yo estaba ahí por mi padre, por Cuba, porque me importaba, porque quería estar, porque de quedarme durmiendo, no hubiese descubierto que me sentía orgullosa de haber nacido aquí.

 

Ya han pasado 16 años de aquel día, han pasado 16 desfiles, han pasado miles de niños de siete años por la Plaza y no hay manera de que me pueda olvidar de aquel desfile.

 

No he estado ahí a veces, no he estado las 16 que debía, cambié el atuendo de exploradora por uniforme azul, cambié el uniforme azul por un nuevo atuendo de exploradora. Caminé al lado de la bandera de mi facultad, bailé a ritmo de conga y volví a levantar la banderita de papel, porque sí, porque yo quise.

 

Este año que pasó Fidel no me esperaba con Martí, pero Raúl estaba para saludarme, estaba con un sombrerito de guano y me pareció maravilloso verlo así, sentirlo tan cubano como yo y ahí, bajo el sol. Vi a Díaz-Canel vestido con su mejor ropa de explorador, como si su padre lo hubiese llevado por primera vez y experimentara, así de un golpe, cada una de las cosas que sentía yo.

 

He escuchado más de una vez decir que los centros de trabajo te obligan a asistir, que las escuelas te imponen estar, que todo es montado, pero desde que me bajé de los hombros de mi padre he pensado:

 

¿Quién podría obligar a una madre a caminar con un coche por las calles bajo el sol habanero? ¿Qué podría ejercer tanta presión ante un padre, para que cargue a su hija y la lleve consigo a esa aventura? ¿Qué fuerza mayor podría hacernos despertar a las tres de la mañana? No sé, quizás muchos tengan otras razones, pero al menos yo, siempre he marchado por amor a Cuba.

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Comentarios  

 
#2 RSM 02-05-2014 06:11
Excelente escrito, mueve a la emoción a aquellos que hemos experimentado estos mismos sentimientos. Nada ni nadie nos obliga a apoyar la Revolución, cada cual va porque quiere ser uno más en ese mar de gente, sin ansias de protagonismo, como termina el articulo, "por amor a Cuba" a su gente, por el deseo de crear una sociedad mejor para todos y con todos.
 
 
#1 RSM 02-05-2014 06:11
Excelente escrito, mueve a la emoción a aquellos que hemos experimentado estos mismos sentimientos. Nada ni nadie nos obliga a apoyar la Revolución, cada cual va porque quiere ser uno más en ese mar de gente, sin ansias de protagonismo, como termina el articulo, "por amor a Cuba" a su gente, por el deseo de crear una sociedad mejor para todos y con todos.
 

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