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Domingo, 23 Febrero 2014 09:28

Crónica de una Feria anunciada (+ Fotos)

Escrito por  Rosa Fernández, estudiante de Periodismo

Eran las diez y treinta de la mañana y ya había una gran fila en la entrada del Pabellón Cuba, para asistir al evento literario más importante del año, la Feria del libro. Desde hace algunos años el lugar se ha presentado como un espacio, además del Morro Cabaña, donde se dan cita los interesados en la literatura, cada febrero.

 

Lecturas, exposiciones de arte y fotográficas, conciertos, y por supuesto, la venta de libros, convierten a este recinto en una opción más para la familia cubana, en esta fecha donde la literatura se vuelve la protagonista de todas las historias.

 

La juventud no falta a este encuentro; existen hipótesis que sustentan que ya casi ningún joven se interesa por la literatura y sin embargo, algunos que otros ojos ávidos de encontrar un título que lo haga detenerse, y el sonido de las páginas siendo hojeadas con interés, llegan a desmentir pensamientos como este.

 

Desde que subes la escalera grande de la entrada por 23, lo primero que escuchas es música, ¡y que bien se siente estar alejado del reguetón!, hacer descansar los oídos y disfrutar de una letra que nos haga pensar y creer que no todo está perdido, que alguien viene a ofrecer su corazón. Ya desde ahí va comenzando la magia.

 

El olor a café  te recibe cuando pisas el último peldaño de la escalera, y  le da un aire bohemio al asunto y cuando entras al pasillo que lleva a otro de los espacios del Pabellón, además de las paredes llenas de cuadros de diferentes artistas plásticos, se abren muchas oportunidades de intercambiar con el arte y la literatura.

 

A la izquierda, hay una exposición de arte llamada ibíd. del artista Iván Perera, algo muy interesante y fuera de lo común: parecería cuando entras que no hay mucho que ver ahí, lo primero con lo que chocas es con tres cuadros pequeños, en uno un parche, en otro un cordón y en el otro un pañuelo y pudieras pensar, ¿qué significado tiene esto? Y entonces lees la explicación y te quedas asombrado, están confeccionados con hilos extraídos de páginas de libros.

 

A la derecha hay una puerta cerrada, que te invita a abrirla, pues dentro se escuchan voces jóvenes, discutiendo sobre el futuro de la literatura latinoamericana, comentando sobre proyectos nuevos, hablando de sueños escritos en papel, y me hacen creer que están  equivocados aquellos que dijeron que ya eso no importaba.

 

Reconozco por el acento que muchos no son cubanos y sin embargo, en el momento del encuentro, es como si lo fueran y esas cosas no son importantes ya, haces tuya su realidad y te parece que los problemas de los que hablan, son también como los que tienes, son tan tuyos como de ellos.

 

Luego acaba la lectura, la lectura, no el debate, todos se quedan reunidos hablando en las esquinas, de nuevos proyectos, de ganas de otra feria, de sus ideas, de sus sueños, de aspiraciones, y descubro que no nos podemos quedar nunca en lo superficial, vemos a quienes quizás pudieses creer que no les interesa nada, que están ahí, que forman parte activa del momento, que hablan, que se hacen escuchar, y que van en serio.

 

Está también  la parte de los libros usados, maravillas de la literatura, esos clásicos que siempre buscas y nunca encuentras, marcados ya por otras manos, que quizás le ofrezcan hasta un aura misterioso mucho más interesante y pronto descubro que todavía hay quien dice: este, este era el que estaba buscando y como un niño que le encuentra casa a una mascota lo llevan consigo, lo compran y se lo llevan con ganas de comenzar a leerlo.

 

Los precios tampoco están mal, dicen que allá en el Morro están peores, pero aquí no estaban excesivos, sino bastante justos. Todo estaba arreglado y limpio, y las fotografías de las paredes eran excelentes, había que dedicarle tiempo a mirarlas, aunque uno no quisiera, pues mostraban esos pedazos de historia capturados por lentes que no se pueden pasar por alto.

 

Cuando regreso al pasillo de los cuadros y las puertas, escucho las voces de los protagonistas de esta historia, esa gente joven que forman parte del momento histórico de verdad, y  casi por obra del destino, me siento a conversar con dos de ellos.

 

Uno es el director de la revista digital de Arte y Literatura, Esquife, y el otro un  fotógrafo joven que pertenece a la Asociación de Hermanos Saiz, a la UNEAC, al Consejo de Artes Plásticas y todas esas “partes que te dejan que hagas cosas”, como dice él.

 

El director de la Revista Esquife, que por cierto, el nombre es muy interesante, pues hace referencia a los botes que usan los capitanes de los barcos con el mundo y “funcionan como la conexión entre el buque madre y la tierra”, se llama Jorge Enrique Rodríguez y el fotógrafo es Arien Chong Castán, uno de esos lentes jóvenes que inmortalizan el tiempo en la fotografía.

 

El tema de la conversación no fue uno, sino todas esas cosas que preocupan a la juventud a la que nunca ha dejado de importarle nada y que tiene perspectiva y sueños, no faltaron los proyectos y no se dejó de mencionar la importancia de espacios como estos, de momentos en los que se reúnan todas esas ideas que no se pueden quedar en el aire y se empiece a hacer algo para rescatar todo lo que ya no está.

 

Pienso que las cosas todavía no andan tan mal, todavía hay a quienes les importa, no dejan de existir los que sueñan y el futuro de la literatura está garantizado, se puede descansar en paz, se puede seguir esperando cada febrero para regresar a ese mundo donde la Feria del Libro, nos hace sentir que vale la pena dedicarle tiempo a la lectura, que toda esta historia va más allá de páginas juntas encuadernadas y que los jóvenes también están escribiendo, aunque ni lo sepan, en páginas en blanco de algunos libros, que leerán nuestros nietos en ferias venideras.

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Modificado por última vez en Martes, 01 Abril 2014 15:03

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