miércoles, 20 junio 2018, 03:50
Lunes, 02 Diciembre 2013 12:55

De mi aventura como ciclista al reto de ser cubanos

Escrito por  Giusette León García / Cubasí
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Jóvenes cubanos, responsables de la esperanza Jóvenes cubanos, responsables de la esperanza

Se trata de aceptar los retos, sean tan simples como montar bicicleta o tan profundos como ser cubanos y asumir la responsabilidad de que la utopía es posible.

 

Dicen que “recordar es volver a vivir” y no estoy segura de que sea tan así, pero el remake de  la película de nuestra vida, rememorar, siempre es útil y muchas veces agradable.  Por estos días en que la televisión nacional transmite constantemente mensajes relacionados con el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes que se celebrará en diciembre en Quito, Ecuador, me he sonreído más de una vez, yo solita, sin hacer comentarios y es que no puedo evitar regresar a mis 14 años, cuando era una pionera de secundaria básica y se organizaba en Cuba la edición XIV de ese encuentro.


Cursaba el noveno grado, era una “leguleya”, dirigente pioneril casi desde que me pusieron la pañoleta azul, no se me escapaba una tribuna, ni un campismo,  ni un trabajo voluntario, tampoco aquellos de las tardes en que íbamos  a contribuir en la construcción de la Plaza XIV Festival, frente al Estadio Victoria de Girón en mi querida ciudad de Matanzas, un espacio creado en función de la cita juvenil que hasta hoy sirve a la recreación de las nuevas generaciones de yumurinos.


Imagínense, todavía no se nos pasaba la algarabía del Segundo congreso de la Organización de Pioneros José Martí, las emociones, el impulso, el orgullo de haber estado allí, en el Palacio, de haber visto muy, muy cerquita al Comandante, teníamos las pilas cargadas y ahí estaba, tocando a las puertas, el Festival. Todavía conservo el reconocimiento como candidata a delegada, la autobiografía que mi madre mecanografió y la satisfacción de haber estado “en la pelea” hasta el último escalón, en el cual fue seleccionada con justicia Yenis Cuétara entre las dos pioneras de la ciudad que aspirábamos a participar.


Ay, pero nada de eso es lo que me hace sonreír con aquel espíritu de “quien solo se ríe…” Sino la historia de la primera y última vez que monté bicicleta. Resulta que llegué un buen día al Comité municipal de la Unión de Jóvenes Comunistas y me preguntaron: ¿tú sabes montar bicicleta? “Más o menos, por qué”, respondió de fresca quien jamás había manejado otra cosa que un triciclo alrededor de los siete años. Es que estamos organizando una “bicicletada para el recorrido de la bandera del Festival por Matanzas, ¿puedes participar?”. “Claro, me apuntan”. “¿Tienes bicicleta?” “Sí, mi primo me la presta”.


“Alabao”, disparada salí para la casa de mi abuela a buscar a mi primo que desde ese día no solo fue mi prestamista, sino también mi entrenador. Y ahí, con un poco de tenacidad y empeño le agarre el golpe al ciclismo, vaya, más o menos, y allá fui, muy dispuesta, para mi “bicicletada”. El recorrido era largo y la mayor parte fue bastante bien, llevamos enaltecidos la bandera hasta importantes centros educativos y laborales de Matanzas dispersos por toda la ciudad y a la salida de uno de ellos, en una esquina que daba a la Calzada General Betancourt, en la zona de La Playa, llegó la peor parte: un hueco que sobrevolé no sé cómo. Entre himnos, consignas y canciones de Silvio fui sobrellevando el susto hasta que, al fin… ¡se rompió la bicicleta y me "emparrillé"!


Así acabo mi aventura como seguidora del gran Pipián: en la parrilla de un buen amigo, ay, pero como lo disfruté, todo, a la larga hasta el susto, y el monólogo sobre la polución que compartió con nosotros Sahily Morera durante un descanso y la gente que conocí y la voluntad, mitad atrevimiento, mitad sentido del deber, si, del deber, porque cual tenemos los jóvenes si no atrevernos, intentar, estar dispuestos, alentar con nuestro propio arrojo, decir y hacer tanto en la cotidianidad del estudio o el trabajo como en los símbolos, en esos pequeños o grandes espacios que le devuelven al mundo la esperanza.


Otro festival comenzó, muchos jóvenes cubanos han merecido participar de esa experiencia, algunos casi niños y al tiempo que me recuerdo en ellos, proyecto a mis hijos en su ejemplo y entiendo la importancia de la raíces, del origen y del compromiso, comprendo que ser cubano es un gran reto, es como ser responsable de que la utopía sea posible, de que la verdad siga siendo la misma verdad aunque los tiempos sean otros tiempos, es como ser garante de una fe imprescindible, de unas esencias que la hojarasca humana muchas veces esconde, de una luz que no todos los vidrios reflejan.


De eso se trata, de aceptar los retos, sean tan simples como montar bicicleta o tan profundos como ser cubanos y asumir, esta vez en Quito, la responsabilidad de la esperanza.

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