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Viernes, 13 Septiembre 2013 21:24

NOVELA POR ENTREGAS: Muerte en La Habana (II)

Escrito por  Justo Planas/ para CubaSí
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Publicamos el segundo capítulo de la novela: Comenzó la cosecha de orégano. A partir de ahora, se actualiza los fines de semana.

 

COMENZÓ LA COSECHA DE ORÉGANO


Lo primero que vio Mismel al otro día fue el techo de su cuarto. “¿Habrá sido un sueño?”, se preguntó. Pero tenía la cama llena de postalitas doradas, una vez más. Desde hacía meses despertaba lleno de postales como si estuviera en una publicidad barata. Sus padres no podían dedicarse a esa gracia porque primero: eran dos médicos muy serios, y segundo: no podían pagarse una impresora.


El Gerardo Olivares de la noche anterior se había confesado culpable del delito, pero Mismel, que no se creía los cuentos de hadas ni de pequeño y que para colmo cultivó su fantasía en la infancia con los periódicos que traía el cartero, quería creer que todo aquello había sido una pesadilla y nada más. Así que guardó una postal en su mochila y el resto las apretujó dentro de un saco lleno hasta el tope de otras muchas y lo escondió bajo llave en su escaparate. De esa forma mantenía todo aquel tripilingo fuera de su cabeza.


A la media hora ya ni se acordaba de aquello y estaba más que listo para continuar con su apretada agenda docente, llena segundo a segundo durante los próximos cinco años. Se encaramó como pudo en la 20, una guagua deliciosa a las siete de la mañana, que bajó por la calle Monte como un verdadero monstruo de película en blanco y negro, con miles de manos asomándose por las ventanillas. Los pasajeros mientras tanto gozaban de la temperatura tropical y se desembarazaban de algunas libras en líquido.


Mismel, estoico como solo él, repasaba lo que iba a decir en el seminario del primer turno. Tenía un codo ajeno contra su oreja, una jaba de pescado húmeda y olorosa sobre sus zapatos y las nalgas de una mulata posadas en su columna vertebral; pero estaba lejos ―muy lejos― como un monje budista… Asistía a los comienzos de la radio en Estados Unidos allá por los años 1920, pero alguna vista socarrona interrumpía sus ideas. Era un periódico de cuyo nombre no quería acordarse.


Un muy señor viejo con unas ropas enormes sentado frente a él se lo paseaba por los ojos cada vez que la guagua cogía un bache. No era para molestarse, la verdad, pero algo, algo, le llamaba la atención. ¡Un titular! Un titular, una mala palabra para cualquier gusto periodístico algo exigente que en grandes letras verdes anunciaba “Comenzó la cosecha de orégano”.


Lo siguiente que hizo bastaba para que cualquiera de sus conocidos anunciara el fin del mundo. Como el viejo estaba medio dormido, acercó sus dedos a las hojas con disimulo. Estaba temblando. Miró con cautela a su alrededor. Rasgó el título completo con mucho cuidado, de la “C” a la “o”, del principio al fin.


Entonces descubrió que una niña de primaria, que debía estar en segundo grado más o menos, se había convertido en una testigo presencial. Lo estaba calando con cara de pocos amigos mientras agarraba su bolsita de merienda con las dos manos, por si las moscas. Cuando se tropezaron sus ojos, la chiquilla le sonrió con atrevimiento y comenzó a halar el vestido de su madre para darle las quejas. Mismel, nervioso y culpable como nunca en su reglamentada vida, se metió como pudo el pedazo de periódico en el bolsillo y se bajó en la parada siguiente.


Continúo a pie hasta la Facultad de Comunicación. “¿Qué habría pensado Kapuscinski de eso… y Oriana Falacci… ¡y Rodolfo Walsh! No valgo una peseta”, así de afligido bajaba por la calle San Lázaro cuando un jabaíto entre gordo y corpulento se le atravesó en el camino.


—Oye, ¿qué tenemos en el primer turno?


—Radio —le dijo Mismel.


–¡Candela, con Rodrigo Rodríguez! Tú sabes que se la tiene cogida conmigo –le soltó Yandi a su mejor amigo con la sola intención de molestarlo, pues sabía muy bien que si había ido a tres turnos de Rodrigo, era mucho. Entonces, se tropezó con la cara de dibujo bizantino que tenía Mismel–. ¿Y a ti qué te pasa, mijo?


–La vida… que…


–¿Tú no tienes nada que decirme? –Yandi ni lo dejó terminar, sabía que cuando Mismel se ponía trágico era mejor ni prestarle atención…


Nadie se hubiera imaginado que esos dos podían ser amigos, pero como andaban juntos desde el círculo infantil, luego, la primaria en el mismo grupo hasta sexto grado, la secundaria, la Lenin, y ahora Periodismo, en fin, que era muy difícil que no terminaran llevándose bien… aunque Mismel soñaba con ser periodista de investigación como los de Watergate, mientras que Yandi no solo prefería, sino que era un entusiasta, un militante: un fanático del periodismo deportivo, algo que Mismel a duras penas lograba leer y mucho menos entender.


–Dale, dale, saca la notica que te dejaron hoy– le reclamó Yandi.


Sabía que resistirse no tenía caso así que empezó a registrar en su mochila y se la dio.


–¿Tú leíste esto? –le preguntó Yandi abriendo los ojos como quien saborea la situación.


Mismel solo lo miró irritado.


El mensaje decía:


“Competidor Mismel González Pérez:


”Debe presentarse en el Muro del Malecón, mojón número 67, en las próximas 24 horas o le será confiscada alguna pertenencia de valor. Es imperativo que se inscriba en la lista oficial para recibir tutor y poderes.


”Sociedad Secreta de la Marquesa Dorada”


–Yo sé que no es mi problema, pero ayer estuve en el mojón 67.


–¡No puedo creerlo! –le gritó indignado Mismel–. ¡Mira que tú eres supersticioso! ¡Deja de ver muñequitos japoneses!


–Oye…


–Solo a mí se me ocurre contarte eso, con lo fantasioso que tú eres.


–Compadre, cállate un momento, ¿tú no has visto cómo está este lugar?– murmuró Yandi con cierto espíritu detectivesco. Mismel miró a su alrededor.


El parque de Infanta y San Lázaro, estaba vacío, la calle también, ni un carro ni un niño camino a la escuela, nada, ni una mosca.


–¿Habrá alguna movilización? –le preguntó Mismel a Yandi, pero su amigo ya no estaba, se había esfumado…


CONTINUARÁ...

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Comentarios  

 
#2 ALE 16-09-2013 07:30
me gusta el estilo este, un poco como los cuentos de Alí, la brujita de San Isidro; pero me resulta válido e interesante.
Felicidades.
 
 
#1 Amauris 14-09-2013 10:22
Jajajajaa....ca ndela!, espero la otra entrega.
 

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