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Jueves, 21 Marzo 2013 14:05

Cha Cha Chá, un ritmo que arriba a sus 60 años

Escrito por  Elena Milián Salaberri / Especial de la AIN para Cubasí
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Su evolución le debe mucho a los bailadores, que en la sociedad Silver Star, en la céntrica esquina habanera de Prado y Neptuno, y más adelante en todos los salones de La Habana, elaboraron pasos adecuados...


El surgimiento del ritmo cha cha chá en 1953 se debe a la impronta creadora del violinista Enrique Jorrín, oriundo del municipio de Candelaria, perteneciente a la provincia de Pinar del Río hasta la última división político-administrativa, en que pasó a Artemisa.

Luego convertido incluso en baile de salón, surgió de los aportes e innovaciones que diferentes músicos de la Isla hicieron al danzón, con melodías casi bailables por sí solas, indican investigaciones de musicólogos del país.

Su evolución le debe mucho a los bailadores, que en la sociedad Silver Star, en la céntrica esquina habanera de Prado y Neptuno, y más adelante en todos los salones de La Habana, elaboraron pasos adecuados a las características del nuevo estilo.

Los bailadores hacían un “escobilleo” marcando, a un lado y otro, el un, dos; un, dos, tres, y ese sonido sobre el piso fue lo que le dio el nombre de cha cha chá.

Acerca del cadencioso baile, su creador, nacido el 25 de diciembre de 1926, opinó en entrevista de prensa poco antes de fallecer: “Construí algunos danzones en los que los músicos hacíamos pequeños coros; gustó al público y tomé esa vía; luego le pedí a la orquesta que todos cantáramos al unísono.

“Con ello logré que la letra se escuchara con más claridad, más potente y un ritmo contagioso y de participación”; así nacía el nuevo género, bailado aún hoy en los grandes salones internacionales.

Cuando triunfó La Engañadora, título emblemático de la original sonoridad, también fueron exitosos otros temas como El túnel, Nada para ti, Me muero y Cógele bien el compás.

Ya el ocho de mayo de 1954, Jorrín fundó la orquesta que llevaría su nombre y al año siguiente viajó a México donde permaneció hasta el año 1958. Fue allí cuando decidió modificar la resultante tímbrica de su agrupación con la amplificación del contrabajo y los violines y la incorporación de trompetas, cuya presencia sólo era concebida en las orquestas tipo jazz bands.

En La Habana, a partir de 1960 y hasta 1975, y sin abandonar el trabajo con su agrupación, se desempeñó como primer violín de la Orquesta del Instituto Cubano de Radio y Televisión y dirigió asimismo la Sinfónica del chachachá.

De ese modo, Enrique Jorrín, mulato de sonrisa bonachona, ligaría para siempre el nombre de Pinar del Río, su provincia natal a la historia de la música cubana, invitando a “bailar Cha cha chá… mamá”, como se solía decir.

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