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Viernes, 08 Marzo 2013 23:08

La "pandemia" que está matando a la mujer latinoamericana

Escrito por  BBC Mundo
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Se le llama "feminicidio" o "femicidio", según el país, pero cuando se busca en la Real Academia de la Lengua, "no están registradas en el Diccionario". Pero obviamente existe. Y en América Latina es especialmente grave.

 

En las notas publicadas a continuación encontrarán historias que no suelen aparecer en los medios.

 

Son crónicas de mujeres que han sido asesinadas por el hecho de ser mujer.

 

Sus casos son ejemplos significativos de un crimen que cada año mata a una enorme cantidad de mujeres en todo el mundo.

 

Pero a pesar de ser un problema tan grave, no tiene ni nombre ni hay cifras oficiales.

 

Se le llama "feminicidio" o "femicidio", según el país, pero cuando se busca en la Real Academia de la Lengua, la respuesta es que esas palabras "no están registradas en el Diccionario".

 

Pero obviamente existe. Y en América Latina es especialmente grave.

 

Tanto que un informe de la Comisión Interamericana de Mujeres (CIM) publicado en 2012 indica que en algunos casos alcanza "niveles cercanos a los de pandemia".

 

Carmen Moreno, secretaria ejecutiva de la CIM, le contó a BBC Mundo por qué es tan difícil cuantificar este delito que ella misma definió como "la suma de todas las violencias".

 

El país donde ser mujer se paga con la muerte (El Salvador)

 

Por: Ignacio de los Reyes

 

"Cuando me casé, el cura dijo que estaríamos juntos hasta que la muerte nos separara", dice Soledad, una joven proveniente de una zona rural del occidente de El Salvador.

 

"Y me di cuenta de que así sería, porque antes o después mi marido acabaría matándome a golpes", cuenta.

 

Otras mujeres la escuchan, reunidas en un grupo de apoyo contra la violencia.

 

Ella se enfrentó a su esposo, denunció el maltrato y se volvió a casar (ahora con un hombre que prepara tortillas mientras ella cocina huevos rotos o fritos).

 

Pero no todas corren la misma suerte.

 

El Salvador es el país con más asesinatos de mujeres del mundo -o feminicidios, como se les conoce en varios países de la región-, según varias organizaciones internacionales.

 

Un estudio de Small Arms Survey, un grupo no gubernamental con sede en Suiza, coloca la tasa de muertes en 12 por cada 100.000 habitantes; otro informe del Instituto Sangari de Brasil lo ubica también en primer lugar con más de 10.

 

Son varios los factores que provocan que en El Salvador se haya creado la tormenta perfecta para la violencia contra la mujer.

 

"Estamos en un triángulo geográfico, con Honduras y Guatemala, donde hay crimen organizado, tráfico de personas y de drogas", le dice a BBC Mundo Silvia Juárez, de la organización Mujeres Salvadoreñas por la Paz (Ormusa).

 

Además, está el factor histórico: durante los años de la Guerra Civil (1980-1992), las mujeres salvadoreñas fueron utilizadas casi como un arma contra el enemigo, violadas y torturadas.

 

Víctimas de las pandillas

 

Pero sobre todo, alertan los defensores de Derechos Humanos, están las bandas callejeras.

 

"El aumento en la muerte violenta de mujeres en los últimos años coincide con el ingreso de estas a las pandillas", le dice a BBC Mundo David Munguía, ministro de Justicia y Seguridad Pública.

 

"La mayor parte de las muertes de mujeres tiene relación con esos grupos, donde la infidelidad se paga con la muerte", asegura.

 

Ello explica, según el gobierno salvadoreño, que la tregua acordada en marzo entre las dos principales bandas del país (Mara Salvatrucha y Barrio 18) haya dado lugar a un descenso notable en el número de asesinatos de mujeres.

 

231 muertas en los primeros siete meses de 2012, según la Policía Nacional Civil, 118 menos que en el mismo periodo del año anterior.

 

Pero, ¿qué diferencia el asesinato de una mujer del resto de crímenes mortales que cada día se cometen en el segundo país -después de Honduras (ONU)- con la mayor tasa de homicidios del mundo (69 por cada 100.000 habitantes)?

 

"Un hombre le quita la vida al otro en una situación entre pares, uno le pega un tiro al otro y lo asesina", dice Silvia Juárez, quien coordina un programa de atención a la violencia contra las mujeres.

 

"En el caso de ellas hay toda una antesala al crimen. Hay violencia sexual, degradación y vejación del cuerpo", apunta.

 

"Los criminales que matan mujeres no se molestan en esconder su crimen, dejan los cuerpos en la calle para que todo el mundo vea lo que les ocurrió", asegura.

 

Son un mensaje de advertencia; un ejemplo de la impunidad con la que a menudo se cometen estos crímenes.


La Libertad

 

Sin embargo, no se trata sólo de una cuestión de pandillas.

 

En el país existe desde hace siglos una tradición y cultura de marginación y maltrato a las mujeres, reconocen autoridades y activistas.

 

"Cuando vemos los perfiles de los agresores denunciados nos damos cuenta de que muchos también son profesionales con trabajo y nivel de estudios. La raíz es mucho más profunda", explica Juárez.

 

Si bien las cifras oficiales apuntan a que han disminuido los feminicidios, todavía casi 25.000 mujeres en El Salvador reportan cada año maltrato y violencia sexual, según el Observatorio de la Violencia de Género, un plan de control puesto en marcha por Ormusa.

 

El Puerto de La Libertad, en la costa, es uno de los puntos negros para las mujeres del país.

 

Su clima suave y sus hoteles con vistas al mar lo convierten en un importante destino turístico, pero es también el lugar que encendió las alarmas de los grupos de derechos humanos dentro y fuera de El Salvador.

 

Unas 80 mujeres mueren cada año en La Libertad, que hasta hace poco era además un importante enclave para la trata de personas.

 

Por eso el gobierno decidió instalar aquí a finales de 2011 su primera unidad policial especializada en atender a las mujeres.

 

Y es en este mismo departamento, en la ciudad de Colón, donde se construyó la primera Ciudad Mujer, un centro de formación, atención médica y asesoramiento que ha despertado el interés de organizaciones internacionales como Naciones Unidas.


El dueño de la mujer

 

El objetivo es extender estas ciudades y unidades policiales por todo el país.

 

Pero el gran desafío, como reconocen las propias autoridades, será erradicar el machismo que todavía existe dentro de las instituciones.

 

"Lo que muchos compañeros discuten es que si es la esposa, entonces tienen derecho a maltratarla, porque en la cultura machista el hombre es dueño de la mujer", le dice a BBC Mundo Noemí Cerritos, una de las agentes de la Policía Nacional Civil que trabaja en la comisaría especializada del Puerto de La Libertad.

 

"Si llama una mujer y dice 'mi esposo me está maltratando' y hay un compañero que se ha quedado atrás en la mentalidad, y sigue siendo un machista, dice que no hay personal, no hay medios, no hay transporte...".

 

En los últimos dos años han entrado en vigor dos leyes por la igualdad y contra la violencia hacia las mujeres, destinadas también a cambiar la mentalidad de las estructuras del Estado.

 

Cada vez es más frecuente además escuchar al presidente, Mauricio Funes, hablar en sus programas radiales a la nación sobre las agresiones a mujeres.

 

Y la primera dama, Vanda Pignato, ha hecho del tema una de sus prioridades al frente de la Secretaria de Inclusión Social.


"Luchar por mí"

 

También se empieza a romper en El Salvador el tabú del maltrato a la mujer en los círculos de poder y clases altas.

 

Recientemente un diputado fue acusado por su pareja y detenido por agresiones, antes de que pudiera salir del país alegando razones médicas.

 

El Congreso le retiró el fuero y su caso, todavía en los tribunales, escandalizó a la sociedad salvadoreña al salir a la luz en plena discusión parlamentaria sobre la violencia a las mujeres.

 

El testimonio de la demandante en los principales medios del país animó a otras a denunciar los golpes.

 

Una de ellas habló con BBC Mundo en un parque de San Salvador. Relató las agresiones de su esposo, proveniente de una reconocida familia de la capital, cuando el consumo de drogas y la violencia se convirtieron en rutina.

 

"Yo tenía miedo de que en una de esas entrase y atentase contra mi vida. Tuve que salirme de mi casa, me quitó todo, me ha echado de mi casa y me ha dejado sin nada", lamenta.

 

"Ahora me siento libre, siento que tengo un valor y una hija por la que tengo que luchar", asegura: "Tengo que luchar por mí... por mí".

 

Su historia es como la de otras miles de mujeres que durante décadas vivieron bajo la sombra amenazadora de su pareja.

 

Pero también, como la de muchas salvadoreñas que ya empiezan a plantar cara a su agresor.

 

 

"Ser mujer es un riesgo de muerte" (México)

Por: Juan Carlos Pérez Salazar

 

La avenida Emiliano Zapata queda en un barrio de clase media baja de la colonia Cerro Prieto, en Ciudad de México. Paralelo a ella corre un camellón un poco abandonado: pasto seco, un sendero de gravilla roja, algunos juegos para niños sin niños y basura acumulada en los rincones.

 

Allí terminó la corta y dolorosa historia de Tiffany, una niña de ocho años cuyo cuerpecito maltrecho fue arrojado, envuelto en una cobija, en el lado sur del parque la madrugada del 28 de julio de 2011.

 

Estaba reventada por dentro. Alguien la había matado a patadas. También mostraba huellas de abuso sexual y maltrato continuo.

 

Al contrario de otras ocasiones, la policía no tardó mucho en desenmarañar el nudo de la muerte de la pequeña al observar el nerviosismo y las contradicciones en las versiones que contaban su madre y su padrastro sobre la supuesta "desaparición" de la niña.

 

Según se pudo establecer, la noche del 26 de julio, la pequeña estaba llorando porque tenía hambre. Su padrastro perdió la paciencia y la emprendió a patadas contra ella. La niña murió horas después. Tras denunciar que había desaparecido, la madre y el padrastro arrojaron su cuerpo en el lugar.

 

Ese mismo día había entrado en vigor una reforma al código penal de Ciudad de México que tipificaba el delito de feminicidio. Por eso, el de Tiffany se convirtió en el primer caso oficial de feminicidio en la historia del Distrito Federal.

 

Estadísticas que estremecen

 

En diciembre de 2011, Naciones Unidas, la Cámara de Diputados de México y el oficial Instituto Nacional de Mujeres publicaron el informe Feminicidio en México. Aproximación, tendencias y cambios, 1985-2009, un documento de 104 páginas que, según expertos como Graciela Atenco, editora de feminicidio.net, es el más completo que se ha hecho en México sobre el tema.

 

Sus páginas, a pesar de que están llenas de cifras y cuadros, se leen como un relato de horror. Como una prueba más del silencioso holocausto que parece estarse llevando a cabo en contra de las mujeres en algunas partes de América Latina.

 

Allí se consigna que entre 1985 y 2009 hubo en México 34.176 feminicidios. También se indica que -a diferencia de los casos masculinos, donde prevalece el arma de fuego- en los asesinatos de mujeres se utilizan métodos más brutales:

 

 

"Ahorcamiento, estrangulamiento, sofocación, ahogamiento e inmersión en 18% de los casos, tres veces más que en los hombres; objetos cortantes en 14,2%; objetos romo o sin filo 1,4%. La proporción de mujeres envenenadas o quemadas triplica a la de los varones".

 

 

Estas tristes estadísticas ya eran conocidas. Sin embargo, en medio del centenar de páginas saltan tres datos que de alguna manera conforman el entramado secreto del fenómeno:

 

Después de un período de relativo declive, los feminicidios resurgieron con fuerza desde 2007. Y no han dejado de crecer.

 

"La proporción de asesinatos de mujeres de la tercera edad casi duplica la correspondiente de los varones (...) La situación diferencial se refleja también en la distribución por estado civil: hay concentración mayor de homicidios de mujeres entre divorciadas y viudas".

 

Pero la estadística que más golpea es otra: el alto índice de asesinatos de menores de edad, especialmente entre niñas de cinco años de edad o menos. Es decir, incluso más pequeñas que Tiffany.

 

"Ahorcamiento, estrangulamiento, sofocación, ahogamiento e inmersión en 18% de los casos, tres veces más que en los hombres; objetos cortantes en 14,2%; objetos romo o sin filo 1,4%. La proporción de mujeres envenenadas o quemadas triplica a la de los varones".

 

Estas tristes estadísticas ya eran conocidas. Sin embargo, en medio del centenar de páginas saltan tres datos que de alguna manera conforman el entramado secreto del fenómeno:

 

Después de un período de relativo declive, los feminicidios resurgieron con fuerza desde 2007. Y no han dejado de crecer.

 

"La proporción de asesinatos de mujeres de la tercera edad casi duplica la correspondiente de los varones (...) La situación diferencial se refleja también en la distribución por estado civil: hay concentración mayor de homicidios de mujeres entre divorciadas y viudas".

 

Pero la estadística que más golpea es otra: el alto índice de asesinatos de menores de edad, especialmente entre niñas de cinco años de edad o menos. Es decir, incluso más pequeñas que Tiffany.


El 10% del total

 

Según se indica al principio del informe, "los asesinatos de mujeres tienen varias crestas. Una muy notoria y lamentable es la que va del nacimiento hasta los cinco años de vida, donde se concentra casi 10% de estos hechos".

 

"El infanticidio es especialmente preocupante entre las mujeres: mientras entre 2005 y 2009 de las defunciones masculinas con presunción de homicidio 0,83% correspondieron a menores de cinco años, este porcentaje ascendió a 5,6% entre las mujeres. De las defunciones femeninas con presunción de homicidio 17,2% correspondieron a menores de 18 años; más de una de cada 20 tenía menos de cinco años, y 2,4% no alcanzaban el año de edad".

 

De norte a sur, el parque de la avenida Emiliano Zapata se recorre a pie en unos diez minutos. En los juegos infantiles no hay niños, sólo un hombre con un suéter con capucha que hace ejercicio.

 

Algunos perros callejeros se pasean cerca de un mantel de plástico donde una mano caritativa les dejó algunas tortillas duras para que coman.

 

Casi al final del parque, cerca del lugar donde el cuerpecito de Tiffanty fue abandonando, otra mano bondadosa improvisó un pequeño santuario: un cuadro de la virgen de Guadalupe amarrado contra un árbol de eucalipto y unas pocas flores como ofrenda.

 

El cuadro está desvaído, las flores secas. Poco a poco, el recuerdo de Tiffany se va desvaneciendo.

 

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