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Domingo, 25 Noviembre 2012 06:17

Paradoja en EE.UU.: «Socialismo» para los ricos

Escrito por  Arnaldo Musa
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Los desahucios prosiguen y millones de personas protestan en las calles, aún anárquicamente, ante los egoísmos de un sistema que premia a los que más tienen.

Cruel paradoja que sea el Estado (es decir, el conjunto de los ciudadanos) quien deba acudir en última instancia a sostener los cimientos de un sistema capitalista que rechaza tutelar hasta que llega el momento crítico con consecuencias irreversibles. Sería mucho más lógico y saludable -específicamente en Estados Unidos- que atajase toda iniciativa que conlleve un elevadísimo factor de riesgo que no sólo afecta a los directamente implicados, sino al conjunto del sistema financiero, nacional y global.

Conociendo todos los riesgos, y hasta señalándolos, el reelecto presidente Barack Obama, no pudo impedir el principio de subsidio del Estado respecto a la actividad privada, y tuvo que limitarse en su primer mandato a ser una especie de Cruz Roja que recoge los cadáveres, atiende a los heridos y trata de detener el conflicto, cuando ya ha estallado con todas sus consecuencias.

                                                                                    
Fue una cosecha de la crisis agravada durante el mandato de George W. Bush, quien utilizó inicialmente 750 000 millones de dólares para resarcir las pérdidas de los bancos y compensar por lo menos con un millón de dólares a cada banquero –por “ganancias no devengadas”-, sin preocuparse de la adopción de las medidas necesarias para que productos financieros, como las hipotecas “subprime” —auténticas bombas de relojería—, no sean posibles.

                                                                                              
Los desahucios prosiguen y millones de personas protestan en las calles, aún anárquicamente, ante los egoísmos de un sistema que premia a los que más tienen. Muchos, desesperados, volvieron a votar por Obama, con la esperanza de que cumpla con sus promesas fallidas en su primer mandato.

Pero va a ser difícil que el mandatario, bajo la bota del complejo militar-industrial que sienta la pauta en EE.UU., pueda librarse del fundamentalismo del mercado representado por el programa de la globalización, porque, según el Premio Nobel Joseph Stiglitz, se mantiene el plan de apoyo al sector bancario norteamericano, lo “cual viola todas las reglas del capitalismo” y es “monstruoso para los contribuyentes estadounidenses”.

Según el neoliberalismo, la estabilidad monetaria y fiscal debe ser la meta suprema de cualquier gobierno, lo que requiere poner un límite a los gastos que benefician a la mayoría insolvente y las intervenciones económicas del Estado con fines sociales.

Para todos los fines prácticos, el capitalismo empieza a operar a modo de un socialismo corporativo: socialismo de facto para el capital, es decir, el Estado puesto al servicio suyo, mientras el resto de la sociedad se las tiene que ver con el salvajismo capitalista. Es decir, como apuntara el catedrático universitario puertorriqueño Carlos Rivera Lugo, “es el fin del capitalismo como se había conocido bajo el neoliberalismo”.

Así se llega a una nacionalización que da la bienvenida a lo que el economista norteamericano Nouriel Roubini denominara la Unión Socialista Soviética de América, pero con la advertencia de que es “un socialismo para los ricos y Wall Street… donde los beneficios son privatizados y las pérdidas socializadas”.

Por eso, digo, ninguno de esos banqueros u hombres de negocios se suicida, como sí ocurrió en la crisis de 1929, porque tienen resarcimientos y ganancias garantizados a costilla del pueblo, además de que el estallido fue más grave con sus socios europeos, afectados por este fenómeno de la globalización de los mercados financieros.

Porque, y no hay que ser muy ducho para llegar a esta conclusión, las pérdidas en general de las instituciones financieras europeas por las diversidad de crisis en EE.UU., comenzando por la subprime, fueron mayores que en el lugar de origen. Es decir, todo un “embarque” orquestado por el capital financiero estadounidense.

Por suerte, esta situación no funcionó en la mayor parte de América Latina, donde Estados Unidos pretendió dictar cátedra sobre las condiciones imprescindibles para la existencia de un libre mercado, incluyendo la reducción de todo intervencionismo estatal en la economía a fin de compensar las irracionalidades que surgen en esa esfera. Pero este es otro tema que deberá ser debatido más ampliamente.

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