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Domingo, 21 Octubre 2012 02:51

Estados Unidos: el 6 de noviembre

Escrito por  Pascal Beltrán del Río, Excelsior
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Las fuerzas armadas de EE.UU. salieron de Irak, como lo prometió Obama en campaña en 2008, pero permanecen en Afganistán; y solo cambió la estrategia de intervención con soldados en tierra por ataques con drones.

En tanto no se cumpla la predicción —lanzada por la revista The Economist y el Fondo Monetario Internacional, entre otros— de que en la próxima década China rebase a Estados Unidos como la principal economía a nivel mundial, las elecciones estadunidenses seguramente serán el proceso político extranjero más observado en el resto del mundo.
 
Por si hiciera falta comprobarlo, la red social Twitter bullía la noche del martes pasado con comentarios en tiempo real y en muchos idiomas sobre el segundo debate entre los candidatos Barack Obama y Mitt Romney.

Poco importó que los dichos sobre otras naciones fueran escasos en el cotejo, que —para mí, que he visto todos los debates de candidatos presidenciales en Estados Unidos, desde la elección entre Jimmy Carter y Ronald Reagan en 1980— ha sido, de lejos, el mejor.

En el mundo entero hay un evidente interés en el resultado de la elección del próximo 6 de noviembre, más allá de que históricamente no pueda decirse que un cambio de partido en el poder en Washington implique un giro abrupto en la política internacional estadunidense.

Cierto, las fuerzas armadas de Estados Unidos salieron de Irak, como lo prometió Obama en campaña en 2008, pero permanecen en Afganistán. Y el Pentágono simplemente parece haber cambiado su estrategia de intervención con presencia de soldados en tierra por ataques desde el aire con la ayuda de aviones no tripulados (drones).

Lo que es indudable, insisto, es el interés mundial en el proceso electoral estadunidense. Por eso mismo es importante entenderlo.

A diferencia de lo que sucede en México, los estadunidenses eligen a su Presidente no en unos comicios donde se suma el voto popular de todo el país, sino en 51 elecciones separadas: las que se celebran en cada uno de los 50 estados más el Distrito de Columbia, entidad federal donde está asentada la capital del país, Washington.

A cada uno de ellos le corresponde un número de “grandes electores”, que comprometen su voto por el candidato que resulte vencedor en el estado —con excepción de Maine y Nebraska, que tienen otras reglas— y lo ejercen a su favor en el Colegio Electoral, que se reúne “el primer lunes posterior al segundo miércoles de diciembre”.

Este sistema hace que la elección estadunidense sea, además de la suma de 51 comicios separados, una elección indirecta. Lo importante no es obtener la mayoría del voto popular sino al menos 270 de los 538 votos electorales en juego.

Aunque en Estados Unidos haya una diversidad de partidos políticos y se permita la participación de candidatos independientes, en los hechos ha sido una democracia bipartidista durante la mayor parte de su existencia. Eso hace que los 538 votos electorales se repartan entre sólo dos aspirantes a la Presidencia y que los que gane uno, los pierda el otro.

Una parte de las 51 elecciones que se realizan para nombrar al Presidente de Estados Unidos ha sido absolutamente predecible desde 1976.

Existe una lista creciente de estados que votan por el mismo partido, ya sea el Demócrata o el Republicano. Por ejemplo, en Minnesota siempre gana el candidato demócrata, mientras que en las Dakotas, norte y sur, vecinas de aquél, siempre es el aspirante republicano quien se lleva la victoria.

Con el tiempo, ha ido aumentando el número de estados que se vuelven electoralmente fieles.

Por ejemplo, la franja central del país, desde la frontera con México hasta los límites con Canadá, ha sido sólidamente republicana desde hace muchos años.

La última vez que el Partido Demócrata ganó en una elección presidencial el estado de Texas —rico en votos electorales— fue en 1976.

Además de Texas, otros 21 estados del país siempre han votado mayoritariamente por el candidato republicano desde 2000.

El problema para ese partido es que, fuera de Texas, con sus 38 votos electorales (14% de los necesarios para ganar la Presidencia), el resto de esas entidades no pesan mucho por sí mismas. El que le sigue es Tennessee, con 11 votos electorales.

Los demócratas tienen menos estados fieles (19), pero entre ellos están California, con 55 votos electorales; Nueva York, con 29, e Illinois, con 20.

En resumen, se puede decir que en 41 de las 51 entidades federativas del país la elección presidencial está prácticamente resuelta. Las otras diez son conocidas en inglés como swing states porque su electorado se ha columpiado de un partido a otro en elecciones recientes.

Entre estos últimos están los estados de Florida y Ohio, con 29 y 18 votos electorales respectivamente.

La votación en esas dos entidades ha resultado decisiva en elecciones anteriores. En 2000, Florida fue determinante para el triunfo de George W. Bush sobre Al Gore, en unos comicios que resultaron polémicos, incluso con acusaciones de fraude. Y vale la pena recordar que, desde 1960, ningún candidato ha podido llegar a la Casa Blanca sin ganar Ohio.

Así, pues, los comicios presidenciales en Estados Unidos se pelean realmente en un puñado de entidades que son  conocidos como los battleground states. Además de Florida y Ohio, es muy difícil predecir el resultado en los estados de Wisconsin, Virginia, Colorado, Nevada, Iowa y New Hampshire. Son un volado.

Eso deja menos de 100 votos electorales en disputa, de 538 totales, de acuerdo con la estimación que hacía ayer The New York Times con base en encuestas realizadas a nivel estatal.

Desde 1964, cuando llegó a 538 el número de votos en el Colegio Electoral, sólo ha habido cinco barridas en los comicios presidenciales (75% o más de los votos electorales en disputa). En las siete elecciones restantes, el perdedor ha obtenido cuando menos 168 (31%) de los 538 votos electorales.

La elección más cerrada de la historia reciente fue la de 2000, cuando Bush ganó con 271 votos electorales (uno más del mínimo requerido).

Un escenario similar es el que muchos contemplan para la elección del 6 de noviembre. Incluso se ha esbozado la posibilidad de un empate a 269 votos electorales entre Obama y Romney, cosa que forzaría al Congreso a elegir al Presidente y al vicepresidente (la Cámara de Representantes al primero y el Senado al segundo), algo que no ha ocurrido en Estados Unidos desde 1824.

A ese punto ha llegado la polarización política del vecino del norte.

¿Es importante para México quién gane? Creo que no, aunque estoy seguro de que si los mexicanos participaran en la elección, Obama ganaría de calle.

¿Por qué digo que no? La política migratoria de Obama no ha sido particularmente buena para México. No cumplió su promesa de impulsar una reforma migratoria integral y ha deportado a 1.5 millones de trabajadores indocumentados, más que George W. Bush y Bill Clinton juntos.

Y a pesar de que los presidentes de extracción republicana se han mostrado más preocupados por resolver el dilema migratorio con México, tampoco he escuchado algo en el discurso de Romney que me haga ser optimista, más bien al contrario.

Es verdad que México se ha visto inmiscuido sin querer en el proceso electoral en curso —como en la disputa comercial sobre el jitomate—, pero lo que incide verdaderamente en la relación de México y Estados Unidos no es el resultado en las urnas el 6 de noviembre, sino el entorno económico mundial.

México está en vías de convertirse en el principal socio comercial estadounidense. La elevación del costo de la mano de obra en China, así como el incremento en los precios internacionales del petróleo —y, por ende, del transporte— harán que México sustituya en poco tiempo al país asiático como lugar preferido de manufactura para muchas multinacionales, como escribió hace unos días el columnista Edward Luce en el diario Financial Times.

Eso y los cambios en la demografía estadounidense —se estima que en 40 años una tercera parte de la población estadounidense sea de origen latino—tienen más efectos para México que el nombre del próximo habitante de la Casa Blanca.

Aun así, nuestro nivel de integración nos debería convertir en observadores consuetudinarios de la política estadounidense. Por lo pronto, yo veré con mucho interés, mañana lunes, el tercer y último debate entre Obama y Romney.

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