jueves, 23 enero 2020, 10:33
Lunes, 25 Noviembre 2019 05:03

Silencio

Escrito por  Yuris Nórido / CubaSí
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La partida de Fidel Castro causó, en las primeras horas, una estupefacción... que fue dando paso a un dolor sereno, al homenaje espontáneo.

En la alta noche, cuando Raúl dio la noticia, mucha gente se sintió descolocada. Como si eso que había sucedido no fuera natural. Fidel había estado ahí por mucho tiempo, por todo el tiempo de muchos.

Invencible, imbatible, vencedor de obstáculos, desafiando los peligros tantas veces...

«Uno hubiera querido que fuera inmortal. Y a veces era como si ese deseo se hubiera hecho realidad. Yo misma, inconscientemente, me lo creí. No estaba preparada para que un día faltara, por más que lo viera enfermo y desgastado. Creía que se las arreglaría para burlar a la muerte» —me escribió una amiga en el chat, a los pocos minutos.

Su sentimiento era el de muchos.

En una parada, mientras esperaba el ómnibus esa madrugada, una señora le decía a otra: «¿Y ahora qué? Este es el día que yo pensé que no iba a llegar nunca».

Llegó, y contra lo que pensaron algunos (lo que esperaban algunos), no hubo histeria colectiva, desgarradura de vestidos, caos ni desesperación. No se desmoronó el sistema cuando le faltó el pilar.

«Ese fue su mérito mayor —escribió mi amiga—: fundirse con su gente, hacerse pueblo. Ahora es como si Cuba fuera como el famoso cartel: un Fidel multiplicado».

Fue premonitorio. Esa fue la frase que enseguida corearon miles, en todo el país: «Yo soy Fidel».


Nadie la impuso, nadie la dictó. Fue un impulso colectivo, la fuerza del convencimiento. El primer homenaje del pueblo a su líder.

Después del primer impacto, después de la estupefacción, sobrevino el silencio.

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En la mañana del sábado 26, en La Habana, ciudad vocinglera, solo se escuchaba el tráfico y los pájaros.

Unas horas después, cientos de miles harían largas colas en la Plaza de la Revolución para rendirle tributo a Fidel. Días después, abarrotarían las calles para despedir el cortejo (la crónica de ese último viaje ha sido escrita muchas veces, y siempre emociona).

Pero esa mañana era el silencio. La contención serena. El dolor compartido con millones.

Nadie lo pidió, también fue espontáneo: la gente comenzó a poner banderas en ventanas y balcones.

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Banderas cubanas, el símbolo que tantas veces enarboló Fidel.

«Esta fue la bandera que yo llevé a recibirlo cuando entró en La Habana, en 1959 —decía una anciana mostrando la enseña que colgaba en su puntal—; es tan vieja como yo, pero mantiene sus colores. Yo tampoco me voy a decolorar nunca: hasta el día de mi muerte seguiré siendo fidelista. Y después de mi muerte, también».

Visto 1058 veces Modificado por última vez en Lunes, 02 Diciembre 2019 11:31

Comentarios  

 
#6 vilma 26-11-2019 14:34
Realmente el siencio fue en todo el pais, fueron siete dias en que todo el pais enmudecio, yo le comentaba a mi esposo que ni los niños bajaban a jugar, nadie puso musica audios altos, fue un silencio de duelo espontaneo en todo el pais. La muerte de Fidel nos impacto a todos. Recuerdo que hay una anecdota en la que Fidel dijo: El dia de mi muerte sera como nuestra entrada en la habana en 1959 en todo el pais las personas estaran en la calle como ahora en gran multitud viendo mi partida, recuerdo que fue algo asi lo que dijo.
 
 
#5 Arquero 26-11-2019 14:20
No creo o no escuchado, ni leido algo parecido en alguna parte a lo que ocurrio esos dias en la Habana (no hablo con regionalismo aqui hay cubanos de todas partes) ojala tuviera el don de la escritura para poder explicarme mejor sobre aquel dia y lo que pude ver. En las filas para entrar al Monumento de Martí la pena y el dolor casi se podian recoger con la mano. La gente parecia desorientada, turbada no solo era tristeza en el concepto común. Yo soy ademas de los que creo (sin ofender a nadie) que todavia hace mucha falta Fidel no solo en Cuba sino tambien en este Mundo que parece casi surrealista como aquellas raras peliculas italianas de Saura (español), Visconti, De Sica, etc....
 
 
#4 juan Carlos Subiaut 25-11-2019 12:24
Tuve el honor de participar, junto a mis compañeros de trabajo, en el acompañamiento a la Caravana. A tres años del doloroso suceso, y como Homenaje a nuestro eterno Comandante, tengo a bien reeditar mis impresiones personales surgidas en el calor de aquel luctuoso momento y que después, llevadas al papel, he enviado y han sido publicadas como comentarios a otros tantos artículos que han abordado esta temática.
Crónica de mi: ¡Hasta Siempre!
Estamos desplegados a lo largo de la carretera que une al poblado de Coliseo con Cárdenas. Algunos están siguiendo por sus celulares las noticias del paso de la caravana y las nuevas se repiten de boca en boca. Nos tiramos unos a otros fotos con la bandera o sosteniendo una de sus imágenes más conocidas, la misma que ha presidido los múltiples lugares habilitados desde días antes para que reafirmemos nuestro compromiso, la que lo muestra de pie sobre la montaña, fusil y mochila al hombro, victorioso. Todos estamos expectantes. Será la última vez de tenerlo cerca, tener el honor de vivir este momento, del paso de la Historia frente a nosotros. Alguien divisa al helicóptero que precede y acompaña por aire al cortejo. Todos lo vemos. Retrocedo mentalmente casi medio siglo en el tiempo…
Unos niños del barrio juegan conmigo a las bolas. Nos disputamos las esferas de vidrio en cada juego, probando suerte y puntería. Un ruido a lo lejos en el cielo nos interrumpe. Es un helicóptero. No sabemos ni siquiera su rumbo ni que tripulantes alberga en su vuelo, sin embargo, como siempre, hacemos lo mismo: Dejamos a un lado los juegos y nos ponemos a saludar al helicóptero y vocear lo más alto que pueden nuestras voces infantiles: - ¡Fidel!, ¡Fidel!, ¡Adiós, Fidel!
El helicóptero describe un semicírculo y después retrocede, casi paralelo a la carretera, sobre nuestras cabezas, rumbo a Coliseo. Pasa una patrulla indicando bajar a la cuneta de la carretera. La gente se ordena en una línea que serpentea a ambos lados del camino. Nadie quiera estar en segunda fila. Preparan sus móviles para grabar el momento. Para ellos. Para los que no pudieron venir o tuvieron que quedarse asegurando las tareas en sus puestos. Para sus hijos. Para el futuro.
El niño que fui yo crece. Ya para él el nombre no es sólo una referencia en labios de los mayores. Comienza a identificar Su imagen, a oír Su voz en sus discursos, a escuchar anécdotas de los privilegiados que lo han visto personalmente (en su pueblo viven varios combatientes de Girón). Más tarde, en la escuela, comienza a entender la relación del Hombre y la Historia. Pide y encuentra explicaciones. Bebe de sus primeros libros.
Ya se acerca el cortejo. El silencio es total. Respetuosamente , no se agitan las banderas ni se gritan consignas. Las cabezas descubiertas, los pechos henchidos en la mezcla de emociones de agradecimiento, dolor y coraje, las manos sujetando una bandera. Pasan los primeros vehículos, el jeep con los generales y detrás, el armón con la caja de cedro cubierta con la bandera. Sencillamente, un nombre: Fidel Castro Ruz. Seguimos el cortejo con la vista hasta que se pierde.
El niño se hace joven. Ya conoce lo suficiente para saber de la grandeza del Hombre, del nombre que repiten plazas y naranjales, aquí y allá, también en Jagüey, donde está becado. Un día, se entera que se ha cosechado un millón de quintales de cítricos y, como les ha sido habitual a sus compatriotas, lo mismo ante cada desafío, del enemigo o de la naturaleza, ante cada hazaña, ante cada conmemoración, ahí está Fidel. Y va, como todos sus condiscípulos, al acto en la Vilo Acuña. Lo ve de muy cerca y reafirma, para siempre, su fidelidad.
Se había anunciado que tendríamos la oportunidad de presenciar la caravana de regreso de Cárdenas. Todos queremos volver a verlo. Algunos, para precisar detalles no clarificados la primera vez. Es un momento para grabar en lo más íntimo con la mayor precisión, para poder recordarlo después, con todos sus pormenores. Poder decir, contar: ¡Yo estuve allí! Ante la demora, surgen los comentarios. No se ve el helicóptero. Al fin, anuncian que regresa el cortejo. Poco a poco, nos volvemos a alinear al borde de la carretera.
El joven es ya adulto. Se gradúa de profesional. Conoce de ejército y de movilizaciones, de cortes y siembra de caña, de papa y de nuevo, de naranjas. Por doquier acrisola la obra del Hombre. No solo conoce la historia, en su pequeño espacio participativo, la vive. Conoce de Angola y de Etiopía, se enorgullece de su tiempo y de la participación de su generación, que sigue con firmeza las huellas de sus mayores. Acrecienta su admiración, respeto y comprometimient o con la obra mayor del Hombre. La Revolución. Recibe emocionado un carnet con Su firma. Llega el Periodo Especial y Baraguá revive en Si se puede. La Batalla de Ideas y Elián. El retorno del Ché y su siembra final en Santa Clara. Las Marchas Combatientes y Los Cinco. Una de las Tribunas Abiertas coincide con un aniversario de Girón. Allá en el Central Australia lo ve y escucha, a solo unos metros. Es la tercera vez que lo ve en persona. El Hombre, al frente de cada combate. Cada vez más universal. Cada vez más preocupado por el futuro de la Humanidad. Una luz entre las tinieblas que crece y crece. Chávez, Petrocaribe y el Alba. La unidad latinoamericana , al fin. Un primer contratiempo y Cagüairán muestra la firmeza de Su obra y de su pueblo. Después el Hombre entrega los cargos públicos, pero no la primera línea. Continúa su labor formadora, esta vez a través de la pluma. El adulto que fue joven y niño una vez devora con avidez cada Reflexión, sigue con apetencia cada aparición en la prensa o las referencias de quienes tienen la suerte de visitarlo. Se emociona hasta las lágrimas con su última comparecencia en el Congreso.
Nos pasa la caravana por delante. Se repite el silencio y las muestras de respeto. Se nos antoja que esta vez va más rápido. Nos cuesta pensar que todo termina. Se va perdiendo en el camino. Sin embargo, la imagen de la urna con su nombre permanece en la retina, aun después de que ya no se divisa siquiera el cortejo. La gente va rompiendo la alineación y se dirige hacia los ómnibus apartados en un entronque lateral.
El ómnibus atraviesa la ciudad de Cárdenas. Como en todo el país en estos luctuosos días, impera el silencio. Pasan algunos jóvenes y otros no tan jóvenes, apenas hablan, sobrecogidos por el impacto y la solemnidad del tributo en que han participado momentos antes. En una esquina juegan niños. Vuelvo a retroceder mentalmente medio siglo atrás y me veo con ellos, jugando. No, no es juego. Repiten entre ellos algo que han recién gritado y que quizás apenas aquilatan en todo su significado: - ¡Yo soy Fidel!, ¡Yo soy Fidel!, ¡Yo soy Fidel!
30 de noviembre del 2016
 
 
#3 idelsis 25-11-2019 10:20
Es un dia triste, muy triste e inolvidable, soy espirituana y a mi me toco ubicarme en el parque SERAFIN SANCHEZ VALDIVIA, cuando entro el cortejo se detuvo delante de la BIBLIOTECA PROVINCIAL donde se escucharon las notas de nuestro HIMNO NACIONAL y despues la alocucion que FIDEL hiciera desde un balcon de ese lugar al pueblo de Sancti Spiritus cuando venia en la caravana de la victoria el dia 6 de Enero de 1959, al escuchar su voz y decir Sancti Spiritus no podia ser una ciudad mas, hay mismo comenzamos a llorar de emocion como si el estuviera alli fisicamente. HASTA SIEMPRE COMANDANTE, LOS AGRADECIDOS SIEMPRE TE ACOMPAÑAREMOS Y NUNCA TE DEFRAUDAREMOS.
 
 
#2 Alex del piero 25-11-2019 09:45
serio, para muchos fue impresionante, algunos lugares tenian preparado consignas y cuando paso se quedaron mudos... Es algo que nunca se esperaba, pero de verdad fue impactante cuando paso por mi pueblo, se paralizo el Momento y realmente me quede sin palabras...
 
 
#1 Juan Carlos 25-11-2019 07:59
Cierto, fue impactante, siempre que rememoramos aquel día lo que mas recuerdo fue el silencio, a mi me toco la avenida del puerto cerca del de La Maestranza para el último adios era poco antes de las 7 cuando pasó el cortejo y recuerdo que a su paso todos nos quedamos en silencio absoluto, nadie se movió aun cuando ya el cortejo no se veia hasta alguien dijo "Hasta siempre comandante" y fue entonces que comenzamos a movernos
 

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